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n°327 octubre 2006
Opinión
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Nicola Lococo COBO
E
l texto conocido como Los
Protocolos de los sabios de Sión en
el que se detalla la estrategia urdi-
da por un supuesto congreso inter-
nacional judío para la conquista del
poder universal, ha sembrado la semilla de una
presunta conspiración siniestra en cuya reali-
dad cree más de uno, pese a haberse demos-
trado fehacientemente que los mismos fueron
una maniobra política de los servicios secretos
rusos del zar Nicolás II.
Pero Los Protocolos de los sabios de Sión,
no fueron ni los primeros ni los últimos tex-
tos de tinte antisemita. Para poder entender
su aparición y enorme difusión e influencia en
la vida política, social de occidente, debemos
remontarnos muy atrás: La idea de una con-
jura parcial de los judíos, aparecía como el
Guadiana a lo largo de toda la Edad Media,
pero su formulación siempre era puntual, ses-
gada y circunstancial a un determinado obje-
tivo coyuntural, o una región específica. No
fue hasta 1797, cuando un monje llamado
Barruel, escribiera La verdadera historia del
Jacobinismo, que dicha tesis quedara perfila-
da en sus rasgos más característicos. En su
obra, el clérigo pretendía hacer creer que la
orden templaria disuelta cuatro siglos atrás
no había desaparecido, sino que se había
transformado en una organización secreta,
cuyo último fin sería el derrocamiento de
todas las monarquías y hacerse con el poder
de todos los Estados soberanos. Para ello, se
servirían de la Masonería y de los Jacobinos,
sus auténticas fuerzas auxiliares para comba-
tir a la Nobleza y la Iglesia y arrebatarles sus
tierras y riquezas como estaba acaeciendo con
la Revolución francesa... La obra estaba pla-
gada -como es habitual en estos casos- de
errores garrafales, enormes lagunas, datos
equivocados y un buen número de falsedades,
pero ello no fue demérito para un público
ávido de explicaciones sencillas para cuanto
estaba sucediendo a velocidades vertiginosas
en el orden económico-político y social. En
este texto no aparecían los judíos en acción,
hasta que un entusiasta lector italiano, el ofi-
cial Simonini, encandilado por aquella teoría
se animó a comunicar al venerable monje un
secreto que le había sido confiado por los judí-
os fiorentinos, y que venía a decir ni más ni
menos que los templarios, los Masones, los
iluminados y cuantas organizaciones secretas
se conocen, fueran fundadas y controladas
por judíos, con el propósito de hacerse con el
poder económico-financiero y político de toda
la Cristiandad... Barruel tomó muy buena nota
de los copioso datos y relaciones de esta nueva
vertiente conspiranoica, pero no se atrevió a
publicarla por prudencia, y se limitó a divul-
garla en versión de panfleto entre un peque-
ño círculo de amistades influyentes. En 1820,
poco antes de fallecer le contó a modo de con-
fesión todo a un sacerdote de nombre Grivel,
quien, como no podía ser menos, provenien-
do de labios de un clérigo moribundo, no pudo
menos que darlo por un relato verídico y
auténtico, naciendo con ello el mito popular
de la conjura judeomasónica.
La historia de Barruel permaneció durante
décadas aletargada, y cuando parecía que todo
quedaría en una más de tantas historias que se
fraguaron en el pasado, en 1868, el novelista
alemán H. Goedsche, la resucitaría en su obra
Biarritz, eso sí, presentándola en un capítulo
como auténtica ficción: En éste capítulo, se
narraba una reunión secreta que trece perso-
najes mantuvieron en la más absoluta clandes-
tinidad, aprovechando la fiesta judía de los
tabernáculos en medio de cementerio judío de
Praga. En dicha reunión, los distintos persona-
jes ilustraban con todo lujo de detalles cómo
progresaba el plan para hacerse con el control
Mundial y cuales eran las medidas que en el
futuro se debían introducir en la sociedad euro-
pea para corromperla y hacer así más fácil y
dócil a su manipulación. Entre estas medidas,
estaban la liberalización de las profesiones, la
promulgación de libertades políticas y religio-
sas, la implantación del sufragio universal...
Auguraba que de lograrlo, el judaísmo se haría
con el poder mundial en menos de un siglo.
Pese a que el autor había advertido a su inicio
que la novela era lo que debía ser, una ficción,
ello no impidió que en 1872, el capítulo en
cuestión fuera separado del conjunto de la obra
y publicado aparte, en forma de folleto en San
Petersburgo, en donde, aunque se recogía la
naturaleza literaria del mismo, se apostillaba
que se basaba en hechos reales. Cuatro años
más tarde, también se publicó en Moscú y en
1881, se hizo una edición para toda Rusia en
el que el texto aparecía como un documento
auténtico, pese a haber sido notablemente
modificado al unificar todos los diálogos y per-
sonajes, en un solo discurso más coherente y
homogéneo, dando lugar así al panfleto anti-
semita conocido bajo el título de El discurso del
Rabino. Con el paso de los años, y de las copias,
el anónimo Rabino tomó el nombre de Eichhorn
o Reichhorn, según la publicación, e incluso se
le hizo asistir al congreso imaginario de la inter-
nacional judía inexistente, celebrado en Lember,
en 1912. Entre tanto, en Francia y como con-
secuencia también de la desafortunada lectura
de Biarritz a ojos de Mousseaux, nacía de su
mano otra vertiente que relacionaba la cábala
judía con la secta del Señor de la montaña, los
templarios y los masones, cuyos verdaderos
jerarcas serían los judíos, cuyo propósito sería
entregar el poder mundial a Satán, el Anticristo.
En este ambiente de efervescencia antisemita
proliferaron por toda Europa, panfletos y folle-
tines de semejante raleza. Así, en Rusia, donde
el antisemitismo era mayor aún si cabe que en
el resto del continente, obras como El libro del
Kabal, en 1864, de Jacus Brafnan en el que se
describía un plan judío para aniquilar la com-
petencia comercial en las grandes ciudades rusas
o los tres volúmenes de El Talmud y los judíos,
1879 de Lutustarsky, en la que se desarrolla
plenamente la conjura judeomasónica, allana-
ron el terreno para que fuera allí, donde ger-
minara con todo su esplendor Los Protocolos de
los sabios de Sión. En 1875, el charlatán y aven-
turero oportunista Milirger, publicó un autén-
tico superventas de la época La conquista del
Mundo por el judaísmo internacional, que le
valió para hacerse acreedor de la confianza de
las altas esferas de la Rusia imperial Zarista,
pues en su obra no escatimaba elogios al zar y
apuntaba que el judaísmo buscaba el desmoro-
namiento del imperio ruso. Así, en 1881, finan-
ciado por la aristocracia rusa de modo indirecto,
y con fondos directos de la policía política del
Zar, fue enviado a París para investigar a fondo
los planes y conspiraciones que se estaban ges-
tando en la denominada Alianza Israelita
Unidad que tenía allí su sede. Este individuo,
no tardó mucho en sacar a la luz sus conclu-
siones y publicarlas bajo el título de
Revoluciones acerca del asesinato de Alejando II.
En donde prevenía sobre la conspiración jude-
omasónica y apuntaba directamente a la
Alianza Israelita Universal como verdadero foco
del peligro que amenazaba a Europa y a todo
el Mundo. Pero no contento con ello en esta ya
por entonces clásica historia, se atrevió a pos-
tular el camino a seguir para evitar y contra-
rrestar tan oculta y peligrosa acción soterrada:
en su opinión, sería conveniente expulsar a
todos los judíos de Europa, por ejemplo a un
lugar perdido en África. Pero en realidad, el
único modo efectivo de erradicar éste mal que
afecta a la entera humanidad no sería otro que
el exterminio total y sin paliativos de la alta-
nera raza judía.. En este orden de cosas, entre
el 26 de Agosto y el 7 de septiembre de 1903,
aparecía por vez primera en un diario de San
Petersburgo la primera edición de Los Protocolos
de los Sabios de Sión. Su editor, el director del
diario llamado Kirshevar, afirmó que el texto
era una traducción de un documento original
aparecido en Francia comunista, cuya trascen-
dencia en el resto de Europa, no se hizo espe-
ra corriendo como la pólvora una vez encendida
su mecha el triunfo de la Revolución bolchevi-
que y el asesinato de toda la familia del Zar
Nicolás II. La celebridad y notoriedad de los
Protocolos fue de tal magnitud entre las clases
altas, círculos políticos, casas reales, castas
empresariales, etc, que varios gobiernos debie-
ron intervenir para esclarecer supuestas tramas
y sospechas que se cernían sobre alguno de sus
ministros a los que se acusaba de colaborar con
la internacional judía, o pertenecer al famoso
círculo de los sabios de Sión. Así las cosas, se
abrieron varios investigaciones entre las que
cabe destacar la que fuera publicada durante
tres días consecutivos, concretamente el 16, 17
y 18 de agosto de 1921, en el prestigioso dia-
rio londinenses Times, firmado por su corres-
ponsal en Constantinopla, Philip Graves, y
donde se revelaba la verdadera fuente que había
dado origen a los famosos Protocolos: Según
parece, el primer redactor de los protocolos,
hizo un auténtico plagio de un texto francés
aparecido en 1865, y que estaba dirigido con-
tra Napoleón II y su despotismo, crítica reali-
zada por un abogado llamado Maurece July en
su obra Diálogos entre Maquiavelo y
Montesquieu, donde Montesquieu defendía el
liberalismo, mientras Maquiavelo defendía el
despotismo... Se supone que Nilos sabía de la
falsificación documental de aquellos Protocolos,
pero pareció no importarle, como tampoco pare-
ció importarle a la policía secreta del Zar, ni a
cuantos posteriormente a ésta investigación
periodista publicado por el Times en 1921, con-
tinuaron leyendo este despropósito literario y
dándole pábulo aún a sabiendas de su falsedad,
cosa fácil de entender, entre las potencias cen-
troeuropeas derrotadas en la, por entonces lla-
mada Gran Guerra con Alemania y el
desparecido Imperio Austro-Húngaro, donde
una vez más se buscó un chivo expiatorio -
nunca mejor dicho- para desviar la ira popular
hacia la comunidad judía ya acostumbrada a
padecer cíclicamente los famosos Programas, en
lugar de aceptar la parte de responsabilidad que
las clases dirigentes tuvieran en el origen del
conflicto y posterior desastre... pero difícil de
entender su excelente acogida y difusión en
Inglaterra, Francia o los mismísimos EE.UU.
donde el propio Ford, les propugnó insidiosa-
mente de no ser por el arraigado antisemitis-
mo social y religioso que cuando aquello podría
a todo el occidente cristiano y cuyo final, tuvo
su máximo exponente en Alemania, pero que
bien pudiera haber aparecido en cualquier otro
lugar. El fenómeno de Los Protocolos de los
sabios de Sión, son sólo un botón de muestra
de hasta dónde puede llegar a triunfar la fal-
sedad cuando de su parte encuentra el terreno
abonado por la ignorancia, la barbarie y la estu-
pidez humana.
Y con todo, como digo, el actual compor-
tamiento del estado de Israel, y su ya de por
sí contranatura existencia, hace que nos
replanteemos, si acaso éste texto no encerra-
rá entre toda su charlatanería, una inexplica-
ble verdad que se ha abierto paso desde
entonces que fuera publicado, y que como
aventurase a finales del XIX, vería su pleno
cumplimiento un siglo después, como a mi jui-
cio, ¡qué duda cabe! resulta que ha sido. Lo que
se le consiente al estado sionista de Israel, ya
lo quisiera para sí el propio imperio yankee de
los Estados Unidos de América, a quienes some-
temos a un mayor control mediático y demo-
crático, del que curiosamente libres se ven
estos nazis de la Estrella de David.
Si no fuera porque uno conoce la realidad histórica que ha padecido el
pueblo judío a lo largo de muchos siglos de penuria y persecución, podría
uno plantearse seriamente, hasta qué punto el estado de Israel no es
plenamente depositario fiduciario de la herencia teórico-práctica del otrora
estado nazi alemán, cuando no fuera el milimétrico cumplimiento del
programa en su día anunciado, en Los protocolos de los Sabios de Sión.
R. IGLESIAS
Protocolo de los sabios de Sión
Lo que se le consiente al estado sionista de Israel,
ya lo quisiera para sí el propio imperio yankee de
los Estados Unidos de América