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Economía
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n°326 agosto-septiembre 2006
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D. Guerrero
El trabajo es la principal actividad de los hu-
manos y el capital, para nuestra desgracia, lo
ha convertido en una mercancía. En realidad,
lo que se compra y se vende en el llamado
mercado de trabajo no es estrictamente el tra-
bajo, sino la capacidad para trabajar que tie-
ne cada uno de los potenciales trabajadores, es
decir su "fuerza de trabajo". El trabajo efecti-
vo, el que se lleva a cabo después, en el inte-
rior de la fábrica, la oficina o el taller, sólo
puede tener lugar una vez que el contrato de
trabajo ya ha sido consumado, es decir, una vez
que la fuerza de trabajo ha sido ya vendida.
Que esa fuerza de trabajo se haya conver-
tido en una mercancía tiene efectos económi-
cos importantes a todos los niveles. En primer
lugar, hace que su propietario, convertido ya
en un asalariado, se tenga que comportar como
un mercader. Lo quiera o no, debe vender su
mercancía si quiere sobrevivir con el salario
que recibirá a cambio. Pero, como todo co-
merciante, puede ser capaz de vender su mer-
cancía o no serlo; en este último caso, se
convierte en un parado. Esta dependencia del
mercado de trabajo como único medio para su
subsistencia hace de él un proletario y un la-
mentable comerciante de su propia vida, tan-
to si su salario es mínimo como si alcanza para
un poco más que ese nivel. Pues la esencia del
proletario es que para vivir, y debido al carác-
ter mercantil que ha adquirido su potencial
laboral y en último término su vida, no tiene
más remedio que dejarse explotar.
En las condiciones actuales, en las que do-
mina la sociedad capitalista, sólo unos pocos
poseen los medios de producción, y una gran
mayoría, sin ese tipo de propiedad, se vuelve
dependiente de esa minoría de propietarios,
que monopoliza los medios de vida de la so-
ciedad en su conjunto. Esta desigualdad es-
tructural es un hecho desde antes de nacer
cada individuo. Cada uno nace, por tanto, en
un contexto social que determina su futura
posición en el mercado de trabajo y en gran me-
dida su vida. Mientras los hijos de los propie-
tarios tienen grandes posibilidades de acercarse
al mercado de trabajo como empresarios capi-
talistas que necesitan comprar mano de obra
ajena, los retoños de los obreros necesitarán
acudir a él para vender dicha mercancía. Es de-
cir, los primeros ejercen la "demanda" de fuer-
za de trabajo, y los segundos ponen la "oferta",
y en la interacción de ambas consiste cual-
quier mercado. Esa desigual posición obliga al
salariado, al proletario, a aceptar la norma so-
cial que ya está establecida al respecto. Le obli-
ga por ejemplo a aceptar una jornada de 8
horas en las condiciones vigentes en la em-
presa que lo contrata, regulada como está, ade-
más de por la disciplina que imponen por su
dueño a través de sus capataces, también por
la legislación laboral de un Estado que, estan-
do al servicio de la clase que lo nutre, la capi-
talista, dicta normas que permiten que, cuando
menos, las cosas sigan como están, es decir
como interesa al conjunto de los patrones.
Así las cosas, ¿cuánto vale la mercancía que
los asalariados venden a los capitalistas? Se-
gún la teoría laboral del valor, la única que
pretende mostrar las cosas como son, y no dis-
frazarlas y/o embellecerlas, cada mercancía
vale aproximadamente lo que cuesta reprodu-
cirla en términos de cantidad de trabajo. Esto
quiere decir que si una mesa requiere que los
que trabajan en su producción realicen, con-
tando tanto lo que ellos mismos trabajan y lo
que hizo falta trabajar para obtener los medios
de trabajo utilizados durante su actividad, di-
gamos, un total de 12 horas, mientras que una
silla sólo se requiere un total de 3 horas, el pre-
cio de la mesa será aproximadamente cuatro
veces mayor que el de la silla, por ejemplo 600
euros y 150 euros respectivamente.
Pues bien, a la sociedad le cuesta reprodu-
cir al conjunto de sus obreros el trabajo que
requiere la producción del conjunto de los me-
dios de consumo de estos. Si dicho trabajo es,
por ejemplo, la mitad de todo el trabajo social
en un determinado periodo temporal, por ejem-
plo un año, el coste de reproducir a la clase
asalariada en su conjunto será sólo la mitad de
todo lo que ella trabaja durante ese año. Es de-
cir, el precio de la mercancía global que la cla-
se asalariada vende a la clase capitalista cada
año, su entera fuerza de trabajo anual, es lo
que esta clase le paga en forma de la suma
anual de salarios para todos. Pero a cambio de
ese salario social, la clase obrera trabaja el do-
ble de lo que se necesita para mantenerla (in-
cluida la parte de la familia de cada miembro
que no trabaja).
Por esta razón se dice, con verdad, que los
asalariados tienen que dejarse explotar si quie-
ren sobrevivir. Porque para obtener el equiva-
lente monetario de su fuerza de trabajo tienen
que realizar una cantidad de trabajo al año, di-
gamos 2.000 horas, que duplica lo que se ne-
cesita para producir y obtener en el mercado
todo lo que ellos consumen en ese año, diga-
mos 1.000 horas. Si el salario equivale sólo a
este trabajo "necesario" (1.000 horas), el res-
to de su trabajo anual es "plustrabajo". Éste es
el origen de la plusvalía, que es a la vez el ori-
gen de la ganancia capitalista. Y que cada tra-
bajador se vea obligado a realizar un
plustrabajo, sólo porque el propietario de su
empresa se apropia de él porque está social-
mente capacitado para ello, es exactamente lo
que entendemos por explotación.
El llamado mercado de trabajo, junto al lu-
gar donde se lleva a cabo el trabajo efectivo,
son por tanto los dos escenarios complemen-
tarios donde se consuma simultáneamente la
explotación de la clase de los trabajadores asa-
lariados por parte de la clase de los empresa-
rios capitalistas. Todo ello en medio de una
realidad social en la que no hace falta la par-
ticipación de los propietarios para obtener el
producto social, igual que no se necesita que
la tierra tenga un dueño privado para que dé
los frutos que el trabajo puede obtener de ella.
Pues bien, ¿qué decir ahora del mercado
de trabajo en España?
En primer lugar, que como país capitalista que
es, en nuestro país ocurre exactamente lo mis-
mo que acabamos de explicar. Pero ¿por qué
hay más paro aquí que en otros países? ¿De qué
depende que en algunos países la tasa de de-
sempleo sea mayor que en otros? En la figura
se ve cómo ha evolucionado la tasa de paro en
España entre 1976 y 2005. Todo el mundo sabe
que en estos 30 años dicha tasa ha sido muy
elevada, pero en la figura puede observarse
también que la tasa de parados a veces crece
y a veces desciende. Por ejemplo, en España la
tasa de desempleo subió desde mediados de
los 70 hasta mediados de los 80, bajó luego du-
rante 5 años, volvió a subir otra media déca-
da, y finalmente ha seguido una senda
descendente que dura ya más de una década.
El que haya más o menos paro en cada mo-
mento depende del comportamiento de la acu-
mulación de capital, es decir del ritmo más o
menos elevado al que los capitalistas pueden
convertir una parte de las ganancias que ob-
tienen mediante la explotación del trabajo
ajeno en nuevos equipos productivos y ri-
quezas privadas de las tan sólo ellos se apro-
vechan. Si las expectativas que tienen al
participar en la producción son de una alta
rentabilidad, la inversión es mayor y más rá-
pida; pero si las expectativas no son buenas,
la acumulación de capital se lleva a cabo con
más lentitud. Como la contratación de nuevos
trabajadores depende del ritmo de expansión
de las empresas, la necesidad mayor o menor
de mano de obra adicional dependerá de las
perspectivas de ganancia capitalista, algo que
sólo ellos deciden y de lo que los trabajado-
res estamos excluidos por completo. Por tan-
to, habrá menos paro, relativamente, si las
expectativas de negocio son muy buenas, y el
desempleo aumentará cuando los beneficios
esperados sean bajos.
Pero ¿por qué el desempleo nunca es cero?
Aparte de por las "fricciones" y "rozamientos"
de los que tanto hablan los economistas, por-
que la tendencia a aumentar la productividad
del trabajo, al hacer que se requiera menos
trabajo para producir lo que se produce, hace
que sobre una parte del trabajo total. Si la so-
ciedad fuera democrática en vez de capitalis-
ta, este potencial de reducción del trabajo
necesario se usaría en beneficio de la sociedad
y conduciría a una jornada laboral decrecien-
te, con más días libres y un aumento de las va-
caciones. Pero como son los capitalistas los
que dominan el mundo de la producción y el
aparato del Estado, la "reducción" del trabajo
se hace de otra manera y adopta la forma de
"expulsión" del trabajo y aumento del desem-
pleo. Lo cual, por otra parte, les viene bien a
los capitalistas por otro motivo: porque, al ha-
cer el desempleo que aumente la competencia
entre los trabajadores por cada puesto de tra-
bajo, esa competencia crea una presión a la
baja sobre los salarios pactados en los nuevos
contratos de trabajo.
Por eso hay que sacar una conclusión fun-
damental. Los trabajadores no debemos tener
como primer objetivo el nivel de nuestro sala-
rio, sino que debemos comprender que sólo
eliminando el carácter mercantil de nuestras
capacidades de trabajo pondremos la primera
piedra para edificar nuestra libertad.
D. Guerrero es profesor de Economía en la
Universidad Complutense de Madrid
Para entender bien lo que ocurre en el mercado español, es necesario comenzar por el comportamiento del mercado
de trabajo capitalista en general, y eso es lo que nos proponemos hacer a continuación, si bien sólo podremos poner
atención en una parte de sus manifestaciones.
El mercado de trabajo en España
La esencia del proletario es que para vivir, y
debido al carácter mercantil que ha adquirido su
potencial laboral y en último término su vida, no
tiene más remedio que dejarse explotar
Los trabajadores no debemos tener como primer
objetivo el nivel de nuestro salario, sino que
debemos comprender que sólo eliminando el
carácter mercantil de nuestras capacidades de
trabajo pondremos la primera piedra para edificar
nuestra libertad
La tasa de desempleo en España entre 1976 y 2005.

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