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Arnold Layne
E
s curiosa la decisión si consideramos esta cita extra-
ída de sus memorias: "Voy a contarte el cuento de
mi vida. Si a veces caen gotas espesas sobre tus
rizos, no te preocupes, permanece tranquila; no es
la lluvia que se filtra por el techo. No llores, aprié-
tame sólo, en silencio, la mano". Hoy, vindicamos su estimu-
lante visión premonitoria y no nos resistimos a citar de nuevo,
pues de su estilo dijo Thomas Mann que "es de recordar que los
genios del Lied alemán, tanto Schubert como Schumann, no
tuvieron por plagio el revestir de música las poesías más puras
de Heine", así que ahí va una canción: "Hoy es primero de
mayo. / Como un mar de vida derrámase la primavera por la
tierra / las gentes pasean por la calle y se asombran de encon-
trarse tan animosos; / el mendigo del parque tiene una cara tan
jocunda, / como si le hubiese tocado la lotería... / hasta el espe-
culador, que aún no ha ingresado en la cárcel / se pasea con
su careto desvergonzado. / Es primero de mayo; / el más míse-
ro hortera tiene derecho a ser sentimental, / y ¿quieres prohi-
bírselo al poeta?"
Ideológicamente Heine es ambidextro, admiró sin reservas a
la revolución francesa e incluso Napoleón fue objeto de sus diti-
rambos, hasta que un día se dio cuenta de que era insoporta-
ble asimilar de buen grado aquello de la letra con sangre entra
(el emperador, en sus guerras expansionistas hospedaba a los
soldados en los hogares de las ciudades que invadía). En Ideas
o el Libro de Le Grand
, un tambor de ejército francés le narra a
redobles las campañas bonapartistas (el tema es recurrente,
Günter Grass reincidió en El tambor de hojalata con similar espí-
ritu guerrero). Nietzsche, ese gigante del pensamiento tan equí-
voca y brutalmente utilizado gustaba decir: "Heine y yo",
circunstancia que Mann aprovecha para igualarlos y concluir
que ambos "fueron educadores y no aduladores serviles del espí-
ritu germano"; esta frase es de 1927, lo que aconteció en 1933,
en unas elecciones democráticas revestidas del espíritu del super-
hombre y con los maestros cantores dando caña, quién sabe si
contribuyó a que Mann reconsiderara su punto de vista; en la
duda, vamos a emparejarlo con Beethoven, que también fue
alienado por el bandido corso, pues no hay que olvidar que la
llamada Sinfonía Napoleónica (o Heroica), la tercera del genio
de Bonn, no es tal: el compositor retiró la dedicatoria al asu-
mir que la muerte inane en las guerras no es la forma ideal de
difundir la ilustración. Ambos llegaron a la misma conclusión
tras interiorizar sicoanalíticamente sus afinidades electivas.
Evidentemente, la canción que hemos reproducido nada
tiene que ver con "la singularidad y la sobriedad individual de
Heine", según lo caracteriza uno de sus biógrafos, Max Brod
(el amigo de Kafka que editó la obra del autor de La meta-
morfosis
haciendo caso omiso de las indicaciones del autor,
que deseaba fuera destruida), es una extrapolación incons-
ciente ­romántica- en la que hemos buscado impregnarnos del
sentimiento de Harry con la malsana intención de eludir la
frialdad y sequedad objetivas que caracteriza a los himnos
revolucionarios..., mea culpa. Afirmo, no obstante, que el
humor de Hache-Hache es el desiderátum, lean, avispados lec-
tores: "Si yo fuera Gengis Khan, ¡Oh China!, hace tiempo que
te habría aniquilado. Tu maldita mano de obra estajanovista
nos va matando lentamente". Espero no poner en tela de jui-
cio mi integridad intelectual con estos alardes futuristas, hay
que reciclar a los inmortales en lugar de encerrarlos en pan-
teones. Sea como sea, y consciente de los muy variados repro-
ches que se pueden hacer a este encantador demi mondaine,
voy a seleccionar el que más me hostiga. Cuando se pone estu-
pendo, algunas de sus ocurrencias son francamente reaccio-
narias, por ejemplo cuando escribe que "las manos ­de
Napoleón- vencieron al monstruo multicéfalo de la anarquía
reglamentando los duelos entre los pueblos", cosa inaudita el
tufo a ultranacionalismo que despide esta frase bajo ese omnis-
ciente disfraz afrancesado.
La inspiración de Heine bascula entre la ensoñación y la iro-
nía mordaz, todo ello inmerso en una misoginia muy de su
tiempo; el amor le traiciona y decepciona tan asiduamente que
la mujer ­la niña de sus ojos, digamos- se transforma en musa
inconstante a la que rinde insobornable pleitesía. El libro de los
cantares
, su obra más popular, es un completísimo catálogo de
desgracias amorosas con ocasionales satisfacciones; en pocas
palabras, la poesía amorosa de Harry es una invitación a que
"cada cual su historia cuente, / cada cual su mal lamente / y
refiera sin temor / cuándo y cómo le hincó el diente / la jau-
ría del amor", decidiéndose la cuestión en otra premonición, que
los tiempos modernos definió como guerra de sexos, cuando la
pareja estable de la sociedad tradicional decidió jugar al escon-
dite "y tan rebién, por fin, nos escondimos que ya nunca jamás
nos encontraremos". Políticamente se inclinó ante la monar-
quía constitucional, y si un revolucionario no encontrará gran-
des dificultades en cuestionar esta elección, no estará de más
que considere este consejo, que él enarboló convincentemen-
te: "El que no va hacia donde su corazón le empuja y se lo per-
mite la razón, es un cobarde; el que va más allá de donde quería
ir, es un esclavo".
Evocar a un poeta con ideas es inútil, pues su ensimisma-
miento le lleva a posiciones equívocas cuando no decididamente
insostenibles (el paradigma sería Pound, aun cuando Neruda no
le va a la zaga). Ya hemos mencionado su megalomaniaca adic-
ción al imperialismo, activada sin duda por la persecución rigo-
rista de su obra por parte de otro imperialismo obsoleto y
crepuscular, el romanogermánico (y sacro); así que Harry llegó
a la muerte de la peor manera: según unos, aquejado de sífilis
cerebroespinal (¡qué vergüenza!); según otros, de atrofia mus-
cular espinal progresiva. Sea como fuere, el alemán más libre
después de Goethe, como gustaba definirse a sí mismo, tenía
opiniones firmes y, a pesar de haber renunciado a su genealo-
gía judía, no se dejó engañar por las artimañas antisemitas; esto
es lo que opinaba sobre el tópico más difundido sobre ellos, la
avaricia: "Frecuentemente, suelen esconder su esplendor con
toda intención, como sabían enterrar, en los tiempos de la opre-
sión, sus riquezas detrás de una apariencia de miseria, prote-
giéndolas así ante los ojos de la avidez". No es fácil establecer
la fecha de su nacimiento, pues los documentos públicos fue-
ron destruidos por un incendio; sí conocemos la de su muerte
(casi sesentón); hace 150 años y unos meses, "al amanecer, la
muerte rozó con su consuelo y su salvación el lecho del poeta;
se mostró justa con el que la había querido y cantado, crean-
do un pálido rostro de mármol cuyos rasgos armónicos recor-
daban las obras maestras más puras del arte griego", según
contó Mouche, la mujer que, Brod dixit, fue para él la síntesis
de la razón francesa y el irracionalismo alemán. Un hombre
singular, ¿alguien ha reparado en este aniversario? No impor-
ta, pues su modestia es finisecular: "Madame, mi estómago no
tiene el sentido de la inmortalidad. Lo he pensado bien: pre-
fiero ser inmortal a medias y comer a satisfacción".
Bibliografía consultada:
Cuadros de viaje, Ed. Calpe, Madrid 1920; Libro de los canta-
res
, Ed. Sopena Argentina, septiembre 1941; Los dioses en el
exilio
, Ed. Bruguera, Barcelona 1983, de Heinrich Heine tra-
ducidos por Manuel Pedroso, Teodoro Llorente y Pedro
Gálvez, respectivamente. Heinrich Heine, de Max Brod (trad.:
Máximo José Kahn), Ed. Imán, Buenos Aires 1945.
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n°325 julio 2006
Cultura
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El 17 de febrero de 1856 murió Harry Heine, que se convirtió al luteranismo
el 29 de junio de 1825; las prohibiciones sobre su obra son las más
numerosas que registra la historia de la literatura; en 1845, el
Vaticano le concedió el honor de incluirlo en el Index Librorum
Prohibitorum.
"El que no va hacia donde su
corazón le empuja y se lo permite
la razón, es un cobarde; el que
va más allá de donde quería ir,
es un esclavo"
Heine, el ruiseñor que anidó
en la peluca de Voltaire
Heinrich Heine

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