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Opinión
cnt
n°322 abril 2006
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222
Tupac
S
in embargo, la verdad es que alabar
a Zaitsev así, ahora, a posteriori,
cuando el nazismo se ha converti-
do en uno de los demonios oficia-
les, resulta tremendamente fácil. Lo
complicado era plantarles cara a los nazis en
aquel entonces, en un tiempo en el que des-
plegaban su maquinaria bélica por toda Europa
y en el cual su victoria parecía asegurada.
Ojalá dentro de 60 años sea igual de fácil
hacer una película a favor de Juba y decir la
verdad sobre los EE.UU. y sobre su incendio
del Reichstag particular: el 11 ­S. Porque eso
significará que habrán sido derrotados en esta
batalla, que, a mi modo de ver, también es
crucial para el destino de la humanidad...
Pero ¿quién es Juba? No lo sé, ¿acaso
alguien lo sabe? Sólo se sabe una cosa: en
Bagdad, de vez en cuando, suena un dispa-
ro metálico muy característico; entonces, un
soldado invasor cae al suelo, desplomado.
Ese es Juba. Un francotirador que tiene en
jaque a los americanos. E Irak es el nuevo
Vietnam. La táctica de las guerrillas sigue
funcionando: los norteamericanos se gastan
100.000 dólares en un tanque y la guerrilla
lo vuela con una bomba adhesiva de fabri-
cación casera.
Las empresas petroleras, armamentísticas
y constructoras, que con un miserable signo
de dólar en los exorbitados ojos apuntaron
contra todo un pueblo, bloqueándolo econó-
mica y sanitariamente, bombardeando ciuda-
des civiles, provocando la muerte de medio
millón de niños, terminarán por salir de allí
con el rabo entre las piernas, porque al pue-
blo irakí no le da la gana rendirse, no le da la
gana entregar su tierra al imperio estadísti-
camente más asesino de la historia.
Así que ¿qué quieren que les diga? Cuando
veo esos videos del misterioso Juba, el soni-
do metálico que ya causa terror entre las tro-
pas invasoras y los cuerpos cayendo, yo me
alegro (del mismo modo que me alegro por
cada uno de los nazis que mató el mítico caza-
dor de los Urales, entre otras cosas porque
comprendo que, sin esos disparos contra los
culpables, mucha más gente inocente habría
muerto asesinada por ellos, y de hecho el
mundo entero podría haber caído bajo el fas-
cismo más brutal). Me alegro de que los agre-
didos se defiendan. Me alegro de que la
dignidad no esté muerta todavía en este
mundo. Me alegro de que no exista impuni-
dad para los asesinos. Me alegro de que haya
gente valiente que luche por derogar la ley del
más fuerte en cualquier lugar del mundo.
Además, este francotirador ya cuenta con
la simpatía del pueblo irakí, pues, a diferen-
cia de las bombas y los atentados suicidas,
Juba sólo ataca a objetivos militares, nunca
civiles. Pero si hay algo que me produce ver-
dadero asco es ver a los supuestos pacifistas
occidentales, a los supuestos defensores de la
vida, cuya cobardía política no conoce lími-
tes y que son incapaces de apoyar a la resis-
tencia. Quizá, si ellos van por la calle y
alguien les intenta agredir, respondan a puñe-
tazo limpio. En ese caso, dirán, se trata de
defensa propia. Pero ¿qué pasa cuando es una
clase social o un pueblo el que ejerce esa
defensa propia? ¿Ya deja de ser algo legítimo?
¿Cómo es la cosa entonces, señores? ¿Qué
pasa? ¿Ellos pueden dispararle a los irakíes
pero estos no pueden dispararles a ellos?
Siguiendo la lógica de estos abyectos perso-
najes, habría que pedirles a los yanquis que,
por favor, que abandonen Irak y renuncien a
su suculento negocio (si puede ser). Claro,
habría que convencerlos por las buenas, por-
que ellos no son autoritarios (dios les libre),
lo cual es una sutil forma de desentenderse y
lavarse las manos, como Herodes. Pero, es
más, como compitiendo por la mayor afrenta
a toda lógica, algunos de estos personajes
eran los primeros en lucir la pegatina de
moda: No a la guerra. No termino de enten-
derlo: ¿la guerra es ilegítima pero también es
ilegítimo defenderse de ella? ¿Es mejor dejar-
se dominar o matar? Que me lo expliquen.
Pero, ¿saben?, afortunadamente el mundo
no sólo se compone de necios. También hay
quien piensa que cuando te invaden es lícito
defenderte. También hay quien piensa que las
cosas no hay que dejarlas siempre como están.
Que no hay que dejar vencer siempre al más
fuerte, al más poderoso, al que se alza y busca
el cielo trepando sobre la chepa y la vida de
los demás. Que vale la pena pelear contra la
injusticia en cualquier parte. Que en una gue-
rra muere gente, que es inevitable (máxime si
no la has provocado tú, si tú eres la víctima).
Que en una guerra, no puedes pensar en las
vidas que quitas, sino en las que salvas. Que,
en suma, hay que acabar con sus vidas pre-
cisamente para defender la vida.
Afortunadamente también hay gente con
la clarividencia suficiente como para ver en
este francotirador, en Juba, una figura a recla-
mar y de la que enorgullecerse; o, mejor
dicho, de ver esto en todos los francotirado-
res de la resistencia, porque todos somos
ahora Juba, todos estamos embarcados en esta
lucha a vida o muerte: la lucha contra el sucio
imperio que nos invadió.
R. IGLESIAS
Hace unos años, tuve la ocasión de ver una película de Jean-Jacques Annaud titulada Enemigo a las puertas. Aun con
sus limitaciones, no dejaba de ser una película emocionante y bonita. Narraba la historia real de Vasily Zaitsev, un
cazador soviético de los Urales que, tras ser reclutado como consecuencia de la invasión nazi, se convirtió en un
francotirador letal que mató a 149 alemanes en una batalla que fue crucial para el destino de la humanidad: la de
Stalingrado.
Juba, el Vasil Zaitsev de Irak
Me alegro de que los agredidos se defiendan. Me
alegro de que la dignidad no esté muerta todavía
en este mundo. Me alegro de que no exista
impunidad para los asesinos

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