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Grupo Anarquista 19 de julio (FAI)
Educación para la ciudadanía.
L
os pocos sectores que han criticado
la ley desde, para, por la enseñanza
pública prácticamente no le han
hecho referencia, quizá porque el
calificativo de "ciudadano" suena de
lo más progre y todo lo que le vaya empareja-
do cuenta automáticamente con la simpatía
inicial de la izquierda.
No podemos dejar de mencionar que desde
los Movimientos de Renovación Pedagógica se
ha objetado que los contenidos de dicha asig-
natura deben impartirse -y en teoría se impar-
ten- de manera "transversal", es decir,
surgiendo naturalmente, a través de otras mate-
rias. A pesar de la crítica implícita al aisla-
miento de otros saberes, no han señalado -que
sepamos- que estamos ante la pérdida de toda
perspectiva sobre la condición de "ciudadano",
así como de su análisis crítico.
Desde la administración educativa se entien-
de que la asignatura servirá para potenciar una
serie de actitudes, como son: respeto, toleran-
cia, solidaridad, participación o libertad. ¿Qué
querrán decir esas palabras cuando están escri-
tas en sus documentos?. Gregorio Peces Barba
se explicó de maravilla en El País el 22 de
noviembre de 2004: la formación recta de las
conciencias, que es condición de la compren-
sión sobre el valor de la obediencia al derecho
en las sociedades bien ordenadas.
Es decir, que los contenidos se reducirán a
las bondades de este sistema político -y eco-
nómico-, ya que estando en posesión de La
Verdad, la única medida educativa posible es
inculcar la necesidad de aceptarla. El paralelis-
mo con la asignatura de Religión es obvio, y no
nos pilla por sorpresa:
¿No es una cosa notable esa similitud entre
la teología -esa ciencia de la iglesia- y la políti-
ca -esa teoría del Estado-, ese encuentro de dos
órdenes de pensamientos y de hechos en apa-
riencia contrarios, en una misma convicción: La
de la necesidad de la inmolación de la humana
libertad para moralizar a los hombres y para
transformarlos según la una en santos, y según
la otra en virtuosos ciudadanos? -Bakunin-
Implicaciones en la condición de ciudadano.
Y es que el viejo rockero lo tenía claro. Es bien
conocida su afición por repetir en sus escritos
y discursos ciertas frases que sintetizan algu-
na de sus ideas y que se han convertido en clá-
sicas del pensamiento anarquista: la pasión por
la destrucción es una pasión creadora, la liber-
tad de los demás extiende la mía hasta el infi-
nito,... Pues bien, otra de sus máximas decía
que el estado no reconoce a los hombres, no
reconoce más que a los ciudadanos.
Si bien el concepto de ciudadanía podemos
encontrarlo en la Atenas clásica, no es hasta el
siglo XVIII cuando Rousseau reclama la igual-
dad política para todos los ciudadanos y asig-
na al estado el papel de mantener un cierto
equilibrio social. La revolución francesa se hizo
en nombre de esta idea. El objetivo era fini-
quitar los privilegios de la aristocracia y noble-
za, y de paso acabó con las prerrogativas de
las organizaciones gremiales, heredadas del
orden feudal, en aras del poder estatal.
Pero la lucha económica del proletariado
mostró -y muestra- que el régimen que otorga
el derecho a ser libre, no da realmente los
medios de realizar esa libertad y de gozar de
ella más que a los propietarios -otra vez el com-
pañero Miguel.
Si bien como personas tenemos necesida-
des, tanto físicas como otras para las que nece-
sitamos tener cubiertas aquellas, el Estado sólo
nos reconoce derechos. Se sitúa entre explota-
dores y explotados para, asignándoles a todos
el mismo status, el de ciudadanos, refrendar la
injusticia y colaborar en su mantenimiento,
dando la apariencia de repartir igualitariamen-
te. Ello con mayor o menor descaro, en función
de lo hartos que estemos de que nos den unas
migajas a cambio de nuestras vidas y de la posi-
bilidad de que el hastío lleve a soñar con la
posibilidad de un orden en el que la producción
esté supeditada a las personas y no al revés.
Para ver que los derechos políticos son una
engañifa sólo hace falta tener ojos. Basta con
leer los que nos otorga la constitución como
ciudadanos españoles y compararlos con los que
disfrutamos, tal como se hizo en las páginas de
este periódico hace aproximadamente un año.
¿Cómo lo podemos olvidar nosotros?. ¿Cómo
no desterrar de nuestro lenguaje un término
que siempre se ha utilizado para dar una sen-
sación de igualdad entre las distintas clases
sociales y que se hermanen en torno al gobier-
no de la nación común?.
Porque si como hizo V. Sánchez para el cnt
de diciembre, nos molestamos en consultar el
diccionario antes de utilizar el término, com-
probamos que nos estamos refiriendo al habi-
tante de Estados modernos como sujeto de
derechos políticos y que interviene ejercitán-
dolos en el gobierno del país -Diccionario de la
Lengua Española, XVIII Edición.
Esto nos lleva a una conclusión inmediata:
Cuando se pretende dar brillo a una platafor-
ma, marcha, manifestación,... con el califica-
tivo de ciudadana, se está reivindicando el
hecho de que la movilización se hace en ejer-
cicio de las atributos otorgadas por el Estado,
respetando por ello sus reglas y por añadidu-
ra, excluyendo nominalmente a todos aquellos
extranjeros que no son considerados ciudada-
nos y carecen de derechos políticos en el país.
Ciudadanismo, ideología prêt à porter.
La definición citada, por otra parte, nos indi-
ca el hilo con el que se fabrica el paño del
nuevo traje del emperador, el llamado ciuda-
danismo. Un palabro más que igual sirve para
traducir el término "republicanism" del filóso-
fo Phillip Petit -utilizado por Zapatero para
razonar en términos liberales, pero sin men-
cionarlo-, que para dar nombre al movimiento
que se opone a ese mismo liberalismo, eso sí,
sin cuestionar ni la economía de mercado ni la
propiedad privada de los medios de producción.
Y es en esta última acepción en la que nos
vamos a detener, que no por ser heterogénea e
indefinida deja de tener unas líneas maestras.
El ciudadanismo entiende que el Estado
democrático es un medio válido para paliar -
incluso para acabar con- las desigualdades
sociales. Dado que éste sufre grandes presiones
del Capital -llámese grandes corporaciones-,
postula que para contrarrestar tan malvada
influencia se hace imprescindible una mayor
atención del hombre de a pie a los asuntos de
Estado y que obligue al gobierno a realizar polí-
ticas sociales. Los ciudadanos no sólo deben
elegir representantes sino presionarles para que
actúen como corresponde.
Estos socialdemócratas de nuevo cuño, que
miran con nostalgia a la edad dorada del Estado
del bienestar, no son conscientes de que las
reformas tendentes a un mayor poder adquisi-
tivo de los trabajadores históricamente se han
implantado para la recuperación del capitalis-
mo tras la crisis económica y sólo en parte, para
mermar la radicalidad de una clase obrera que
amenazaba con hacer la revolución, pero nunca
por la acción de la ciudadanía en tanto tal.
A pesar de ello se empeñan en exigir una
mayor intervención de la población en la res
pública. Y es que parece que ignoren aquello
sobre lo que los libertarios venimos advirtien-
do desde hace siglo y medio: La integración de
las luchas sociales en las estructuras del Estado
-lo que se reclama como democracia participa-
tiva- no es sino garantía de la desintegración de
las mismas. No les subestimamos, somos cons-
cientes de que lo que buscan en su mayoría es
un sillón donde acomodarse en el sistema.
El campo de batalla del ciudadanismo no es
la realidad sino los medios de comunicación.
Sus enemigas son las grandes compañías, pero
no suelen enfrentarse directamente a ellas o
apoyar decididamente a quienes lo hacen. Para
celebrar las contracumbres se recorren miles de
kilómetros, se puede decir que con el objetivo
de que el descontento salga por televisión. En
ningún momento se plantea la confrontación
directa, como podría ser el cubrir esas distan-
cias para atacar coordinadamente los intereses
de alguna de esas corporaciones.
En las huelgas ya no se busca que el cese
en la producción o la parada de la actividad
económica cause tantos perjuicios que la patro-
nal no tenga más remedio que acceder a las
demandas. Si el conflicto es local, el objetivo
es realizar una campaña de publicidad negati-
va de la empresa, en los más globales, advertir
al gobierno de la futura intención de voto de
la población. Curioso que cuando las patrona-
les han planteado exigencias al ejecutivo, sí
que han apostado por hacer el mayor perjuicio
económico posible -caso de los paros de los sec-
tores de transporte y pesca.
En ningún momento se busca una inciden-
cia directa de la acción del movimiento, sino
provocar un cambio de la política estatal. Pero
los gobiernos no cambian sus líneas maestras,
antes se lavará la cara al sistema y caerá uno
para que en su lugar se ponga otro que siga
haciendo lo mismo (y si no, ver la sucesión de
gabinetes derrocados y encumbrados por movi-
mientos populares en distintos países de
América Latina).
Para los que piensen que vivimos en un
mundo imaginario nos bajaremos de las nubes
y presentaremos un caso concreto, como es la
siniestralidad laboral. La lógica ciudadanista
implica echar la culpa al Estado y sus leyes,
bien porque el primero no las aplica con el debi-
do fervor y sea necesaria la creación de unos
cuantos miles de puestos de Inspectores y
Subinspectores de trabajo, bien porque las
segundas no son suficientes y se necesitan unos
Reales Decretos bien puestos.
Los libertarios, que nunca hemos creído en
la mediación entre capital y trabajo, pensamos
que es la capacidad de presentar batalla a las
empresas la que da la fuerza para exigir, y que
si ésta es prácticamente nula, como es el caso
debido a la desorganización, que las leyes sean
buenas simplemente significa que no se apli-
cará. Si existiera un movimiento de lucha
amplio, que además tuviera una visión finalis-
ta de reorganización social -como lo puede lle-
gar a ser el anarcosindicalismo- los trabajadores
no sólo verán que sus condiciones laborales
mejoran, sino también cómo se abre un nuevo
horizonte en el que nunca más se oirá hablar
de disposiciones legales.
Nota: Debemos aclarar que la última parte del
escrito es deudora del folleto El impase ciuda-
danista. Contribución a la crítica del ciudada-
nismo, escrito por Alain C. y publicado en
España por ETCÉTERA. Por supuesto, reco-
mendamos su lectura.
Correo electrónico del Grupo Anarquista 19
de julio (FAI):
diecinuevedejulio@latinmail.com
Memoria de "Los Jubiles". José Moreno rememora
sus días de guerrillero.................................................. 22
Opinión
cnt
n°320 febrero 2006
2
200
La creación de las asignaturas de Educación para la Ciudadanía y de Educación Ético-Cívica en diferentes cursos de
Primaria, Secundaria y Bachillerato por la nueva Ley Orgánica de Educación ha pasado prácticamente desapercibida.
Sólo después de que el gobierno quitara las pequeñas trabas ­teóricas y de difícil aplicación- que había incluido en el
anteproyecto de la citada ley a la enseñanza concertada y la iglesia católica, la CONCAPA ­CONfederación CAtólica de
PAdres- hizo bandera de su descontento con la asignatura, por aquello de ser posición política, pero sin apenas eco
mediático.
Ciudadanos a nuestro pesar
Los contenidos se reducirán a las bondades de este
sistema político -y económico-, ya que estando en
posesión de La Verdad, la única medida educativa
posible es inculcar la necesidad de aceptarla
En las huelgas ya no se busca que el cese en la
producción o la parada de la actividad económica
cause tantos perjuicios que la patronal no tenga
más remedio que acceder a las demandas

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