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sistente a las plagas.
El grito del movimiento indígena, siempre
olvidado, inicia el siglo XXI con "La Guerra del
Agua", la lucha de los campesinos del chapa-
ré boliviano, contra la destrucción de los cul-
tivos de coca y contra la aniquilación del
movimiento de los Sin Tierra. El bloqueo de
caminos y carreteras se convierte en una es-
trategia y el gobierno del dictador Gonzalo
Sánchez de Lozada, "el Goni", tiene que res-
cindir, en Cochabamba, el contrato con la mul-
tinacional francesa, que desde Diciembre de
2.001 reclama una indemnización de 25 mi-
llones de dólares al pueblo boliviano.
En Potosí, la que fuera en el siglo XVI la ciu-
dad más grande y una de las más ricas del
mundo, los colonizadores españoles esquilma-
ron los yacimientos de plata y oro de las mi-
nas bolivianas. Después llegaron "los barones
del estaño", y también el zinc y el plomo, y
así poco a poco "los señores de ayer y de hoy"
le fueron robando al pueblo sus riquezas na-
turales. Esa otra Bolivia que ha producido tan-
ta riqueza fue y sigue siendo pobre y olvidada.
La nacionalización de las minas en 1952, no
hizo sino dejar a miles de trabajadores aban-
donados a su suerte.
El Cerro Rico en Potosí, agujereado como
un queso gruyere y a unos 5.000 metros de al-
tura, es lo más parecido al infierno. Allí des-
cienden los mineros bolivianos en busca de un
mineral que escasea, trabajando más de diez
horas a más de 50º de temperatura, tragando
polvo y sin saber si encontraran alguna pe-
queña veta que asegure su jornal. Si no hay
mineral, no hay plata. Su esperanza de vida no
supera los cuarenta años de edad y sus viudas,
las palliris, que como todas las mujeres tienen
prohibido el acceso al interior de las minas, po-
drán escarbar la tierra con sus hijos a la espalda
en las laderas del cerro. También ellas mascan
la hoja de coca, "el akulliku" como se dice en
quechua, que sirve para distraer el hambre y
soportar la altura y el cansancio.
Allí, en la otra Bolivia, la hoja de coca se
utiliza para todo, forma parte de su cultura y
es elemento indispensable de los ritos reli-
giosos. Según un estudio del Museo Inka en
Cuzco (Perú), la hoja de coca es la gran res-
ponsable de que en la zona andina, a pesar de
los altísimos niveles de pobreza, nadie se mue-
ra de hambre. El cultivo de la hoja de coca se
incentivó a principios de los 70, en la época
del dictador Hugo Banzer, auspiciado por EEUU
para mantener la moral de sus soldados en la
guerra del Vietnam. Este período coincide con
el auge del narcotráfico. El negocio de la co-
caína mueve al año más de 600 millones de
dólares. Desde el cambio de la política yan-
qui con el plan coca-zero, la destrucción de
los cultivos de la hoja de coca es además una
buena disculpa para controlar a los molestos
campesinos y mineros emigrantes que inten-
tan sobrevivir con pequeñas plantaciones para
el consumo interno y para usos medicinales.
El 25 de Enero de este año, en una entrevis-
ta en El Deber, uno de los periódicos más im-
portantes de Santa Cruz, Godofredo Reiniquen,
defensor del pueblo en el departamento del
Chaparé denunciaba que "es la embajada quién
dirige las políticas y no sólo en el Chaparé,
sino en Santa Cruz y en toda Bolivia. Los
muertos son indemnizados con 50.000 pesos
bolivianos y hay un bono de la embajada para
los fiscales antinarcóticos de 9.700 bolivianos
al mes".
En el Beni, Bolivia se acerca a Brasil y se
adentra en el Matogroso. Las casas son de caña
y sus tejados de palma, son los pawichis, las
chozitas que adornan las orillas de los ríos
donde cazan y pescan los benianos con sus
pequeñas y frágiles canoas. Con una exten-
sión de doscientos mil kilómetros cuadrados y
una población por debajo de los cuatrocientos
mil habitantes, su geografía transcurre parti-
da por grandes ríos y selvas vírgenes donde
habitan caimanes, serpientes y todo tipo de
aves exóticas. Y también allí sobreviven a du-
ras penas los pueblos indígenas de la Amazo-
nia Boliviana, que sufren la presión de las
transnacionales que destruyen la selva y ani-
quilan sus culturas, provocando la emigración
a los focos de miseria de las grandes ciudades,
si es que se puede llamar foco, a poblaciones
como el Alto de casi un millón de personas, a
los campesinos que pueblan el Chaparé, a los
mineros de los cerros en Oruro y Potosí o a la
barriada de las tres mil en Santa Cruz de la
Sierra.
Santa Cruz, la segunda ciudad en impor-
tancia de Bolivia, es la más rica y la que de-
sarrolla una industria mas pujante. Junto con
el departamento de Tarija poseen en su terri-
torio enormes reservas de gas. Pero el oriente
del gas, las industrias y la ganadería pertene-
ce a unos pocos blancos. Santa Cruz de la Sie-
rra, esa ciudad de casas hermosas, con sus
grandes plazas y avenidas que bordean las
frondosas palmeras y los árboles de colores y
su ruidoso tráfico, se extiende en anillos cada
vez más grandes albergando unos dos millones
de habitantes.
Más allá del cuarto anillo la ciudad va cam-
biando su fisonomía. Más allá no hay agua
corriente ni alcantarillado y las elegantes
mansiones del centro se tornan en pobres ca-
sitas a medio construir y la basura se acu-
mula a los lados de los caminos de tierra. Allá
por el anillo dieciséis, en la barriada de las tres
mil, las tarántulas duermen debajo de los ca-
tres y el dengue y la malaria acechan. No hay
sanidad pública y no se pueden comprar me-
dicinas, pues tienen precio europeo y una
caja de antibióticos viene a costar unos 60
pesos bolivianos. El mate de coca siempre es
un buen remedio y si hay mucha necesidad y
un poco de plata se pueden comprar una o dos
pastillas en la farmacia. Los parásitos esto-
macales conviven en la otra Bolivia con hom-
bres, mujeres y niños a veces en perfecta
simbiosis y durante toda la vida. Tanto en los
exclusivos condominios (urbanizaciones o co-
lonias) de Santa Cruz y en las exclusivas ba-
rriadas coloniales de la ciudad de la Paz, nadie
tiene lavadora, las mujeres lavan la ropa con
sus hijos a la espalda para darles algo que co-
mer. Su trabajo cuesta menos que el recibo de
la luz.
Por eso los cruceños de la otra Bolivia no
confían mucho en autonomías separatistas
pues saben que su vida no cambiará mucho
con el resultado de las próximas elecciones ge-
nerales. Con suerte se frenaran las meteóricas
subidas de los carburantes. Y es que en Santa
Cruz el que no tiene trabajo, o vende algo o
es taxista. Probablemente haya más taxistas en
la ciudad que transeúntes. Los taxis son toyotas
desechados en Japón que se introducen por la
frontera de Chile y a los que se arranca el vo-
lante para cambiarlo al lado izquierdo dejan-
do el agujero en el salpicadero.
Con el nuevo siglo, la intervención del FMI
y del Banco Mundial provoca que los pueblos
indígenas tomen conciencia de su someti-
miento y comiencen a organizarse. Plantean los
derechos del suelo y se preguntan por la pro-
piedad de la riqueza de los recursos naturales.
Se preguntan por qué se dicta desde fuera
cuanta hoja de coca se ha de producir y por
qué se les niega el agua y todo aquello que la
Pachamama les regala tan generosamente.
La vieja frase "Tierra para los indios, minas
para el estado y agua para el pueblo" tan po-
pular a mediados del siglo XX se escucha de
nuevo entre discursos que propugnan el au-
togobierno y el autodesarrollo. Como en la re-
volución de 1952 las proclamas y las
necesidades siguen vigentes, pero queda la ex-
periencia de una reforma agraria que fue un
fracaso y el despido de más de veinticuatro
mil trabajadores con la nacionalización y el
cierre de las minas.
Con la llamada "Guerra del Agua" en Co-
chabamba, comienzan a surgir en el 2000 los
primeros conflictos sociales y los bloqueos de
caminos como estrategia válida para la lucha
social. La rescisión del contrato del gobierno
con la multinacional francesa para la explota-
ción y distribución del agua en el Chaparé para
frenar las protestas y el bloqueo de caminos
es una conquista que sirve de ejemplo para los
bolivianos y bolivianas. En el camino quedan
diez campesinos muertos y diecinueve heri-
dos de bala el nueve de Noviembre del 2.001.
A partir de entonces el departamento de el
Chaparé se convierte en un foco de conflictos
y en zona militarizada. El plan de erradicación
de los cultivos de la hoja de coca, la cuestión
indigenista y el difícil día a día de los campe-
sinos desatan numerosas protestas y la trage-
dia de los muertos y detenidos es un goteo in-
cesante que no consta en las cifras oficiales.
En las elecciones del 30 de Junio de 2002
se pone de manifiesto el auge de los movi-
mientos indígenas y el MAS (Movimiento al
Socialismo) con su líder, el cocalero Evo Mo-
rales se queda a un paso de ganar las eleccio-
nes. Por primera vez en la historia de Bolivia,
un político de origen indígena tiene posibili-
dades de acceder al poder.
Gonzalo Sánchez de Lozada, popularmen-
te conocido por "el Goni", educado en Chica-
go, uno de los mayores empresarios de Bolivia
y que habla el castellano a duras penas y con
acento inglés, se hace con el poder político a
través de un pacto. Pero la tragedia que supone
la vida cotidiana en la otra Bolivia no ceja en
sus reclamas y se suceden los bloqueos y las
huelgas por toda su geografía y la ciudad de
la Paz sufre el mayor asedio de su historia. Así
estalla la llamada revolución de Octubre en el
2003, que termina derrocando al tirano que
no tiene reparos en sacar al ejército a la calle
dejando tras de sí centenares de muertos, en-
tre los que se cuenta un niño de cinco años y
otros tantos heridos.
Carlos Mesa, escritor y periodista indepen-
diente asume la presidencia del gobierno en un
intento de frenar la inestabilidad social, pero
su mandato dura poco más de un año. El de-
tonante es la Ley de Hidrocarburos que en-
frenta al poder económico del Comité Cívico de
Santa Cruz, formado por empresarios y criollos,
con los pueblos indígenas de toda Bolivia. La
otra Bolivia no quiere que una vez más se ex-
polien sus recursos naturales y los mismos de
siempre se repartan la riqueza con las trans-
nacionales Repsol YPF y Petrobas. Ningún po-
lítico podrá frenar la codicia y la ambición de
los poderosos señores que detentan el poder
económico.
Abel Mamami, líder de las asociaciones ve-
cinales de el Alto, los sin Tierra, el grupo "Mu-
jeres Creando" y algunos miembros de la COB
(Central Obrera Boliviana) de clara tendencia
anarquista, afirman que "después de quinien-
tos años de dominación y de injusticia, algu-
na vez hay que acabar con todo para volver a
empezar". Y es que sólo profundos cambios
harán realidad una sociedad equitativa, justa
y solidaria.
Mientras los políticos discuten y se enzar-
zan en polémicas y enfrentamientos de cómo
y en qué fechas celebrarán las elecciones, las
grandes cuestiones se aparcan para más ade-
lante. Y el tiempo se agota. Y la otra Bolivia,
extenuada, pacífica, observa expectante.
El líder indigenista Evo Morales es un fir-
me candidato a la presidencia, pero la parodia
de la democracia y las ansias de poder no pa-
recen buen remedio para una verdadera trans-
formación social. Ya en Octubre del 2003
mientras los fusiles Mauser del ejército dispa-
raban sobre la población civil en el Alto, en La
Paz, en Wharisata y en Santa Cruz, Evo Mora-
les se encontraba en Libia dando una confe-
rencia sobre temas indígenas.
El pasado 27 de Junio la agencia Associa-
ted Press daba la noticia de la entrada de ar-
mas en la zona cocalera del Chaparé y Evo
Morales se reafirmaba en su intención de ac-
ceder al poder político en los próximos comi-
cios. Mientras se mantiene para este mes de
Agosto el referéndum autonómico de Santa
Cruz auspiciado por el Comité Cívico que for-
man las élites criollas, las mujeres de la otra
Bolivia temen por la explosión de una guerra
civil.
El racismo que alientan el enfrentamiento
entre coyas (los indígenas de la Paz) y cambas
(los cruceños de mayoría blanca y mestiza),
es una absurda ilusión que se desmiente en el
tranquilo y pacífico existir del pueblo bolivia-
no. Ojalá que la revolución social lleve a buen
puerto los derechos de este entrañable y ma-
ravilloso pueblo. Aunque no haya mar en la
otra Bolivia.
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n°315 agosto-septiembre 2005
Internacional
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En la otra Bolivia, la hoja de coca se utiliza para
todo, forma parte de su cultura y es elemento
indispensable de los ritos religiosos
La intervención del FMI y del Banco Mundial
provoca que los pueblos indígenas tomen
conciencia de su sometimiento y comiencen a
organizarse
La vieja frase "Tierra para los indios, minas para
el estado y agua para el pueblo" tan popular a
mediados del siglo XX se escucha de nuevo entre
discursos que propugnan el autogobierno y el
autodesarrollo
Mientras los políticos discuten y se enzarzan en
polémicas y enfrentamientos de cómo y en qué
fechas celebrarán las elecciones, las grandes
cuestiones se aparcan para más adelante
viene de la página 18

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