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n°312 mayo 2005
Cultura
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teatro
Arnold Layne
Q
uiero comenzar así: mesié Arrabal y el
señor Abad se reconocieron inmediata-
mente (contingencias vitales comunes,
quizá); en un principio, no se saludaron,
tuvo que pasar la representación, el vino
(Paternina, a pesar del daño que hizo a la marca Ruiz
Mateos) y los canapés y también la rueda de prensa
hasta que se decidieron a cambiar un apretón de manos
(el señor Abad es burriciego y jorobado; mesié Arrabal
quizá padeciera en su infancia algún trastorno de cre-
cimiento, en la España franquista era obligatorio, aun
cuando el compañero Fernando está por encima de los
130 cm que las taxonomías médicas establecen como
umbral del enanismo). Es decir, el autor de Fando y Lis,
hoy por hoy, a sus 73 años se encuentra sereno y ase-
quible al diálogo (es una buena noticia).
Predispuesto, pues, a la indulgencia, no estaría de
más proseguir así: Fando y Lis (1955) es al teatro con-
temporáneo lo que fue Romeo y Julieta (1597) al isa-
belino (esto, sin duda, complacerá a sus editores); en
lo que al espectador del siglo XXI concierne, dejémos-
lo de esta otra manera: Shakespeare, por imperativos
de la censura, escribía roles femeninos que luego repre-
sentaban hombres; figúrese el lector la complejidad
del embolado que el actor debía asumir cuando Julieta
se lamenta, horrorizada, tras descubrir la copa que
aún conserva restos del veneno ingerido por Romeo:
"¡Besaré tus labios! ¡Quizá quede en ellos un resto de
ponzoña que me haga morir reconfortada! ¡Tus labios
están calientes todavía!", y le besa, literalmente, como
la acotación del autor -"Besándole"- indica (William
Shakespeare, Obras completas, estudio preliminar, tra-
ducción y notas de Luis Astrana Marín, Aguilar, 1972).
Estas cosas, hoy, son irrelevantes; el morbo añadido
sería, por ejemplo, una performance escénica en la
que Fabio Macnamara asumiera el papel del Montesco
y Lindsay Kemp el de la Capuleta (dirigidos por Tom
O'Horgan, of course).
"Yo, un día me moriré y nadie se acordará de mí",
es la primera frase de la obra; la emite Lis y, según se
expresó el director, David Ojeda, el texto que los acto-
res declaman respeta escrupulosamente el original; la
verdad es que las licencias poéticas en ocasiones sir-
ven mejor a la vigencia del teatro que el seguir las
obras al pie de la letra, Lis puede decir igualmente: "Un
día me asesinarán y nadie se acordará de mí", pues es
intención del Tinglao incidir en la denuncia de la vio-
lencia de género.
El punto de vista de la puesta en escena es bipo-
lar: la pareja protagonista se atormenta hasta lo inde-
cible (las connotaciones sexuales son obvias, Fando se
agarra los cojones varias veces y Lis yace casi la ente-
ra representación despatarrada, se roza la pornografía
aunque prevalece la obscenidad, calificación S en lugar
de X); Lis es la víctima propiciatoria, maltratada por
su partenaire de muy variadas maneras, incluida la
física y, al final, muere, sin que esta muerte sea direc-
tamente achacable a Fando ("Sí, Lis. Yo me acordaré
de ti y te iré a ver al cementerio con una flor y un
perro"), de donde surge la ambigüedad de la propues-
ta: de alguna manera, asistimos a una historia de amor
trágica e imposible. Simultáneamente, tres viajeros
buscan perpetuamente la ciudad de Tar, "donde el
éxtasis, supuestamente, puede ser encontrado", según
reza el programa de mano. Ambas acciones se cruzan
mediada la obra y los viajeros y la pareja unen sus
esfuerzos, con el resultado previsible: Tar siempre está
lejos de su alcance, más lejos cuando más cerca pare-
ce, el componente utópico se refuerza así como leit-
motiv funcional y apoyo dramatúrgico que vertebra la
acción y el interés del público. Un poco espesa, Tron,
¿no te parece? Sí, pero ya sabes, Colega, el que no
llora no mama.
Dicho esto a modo de sinopsis, aclaremos a los chi-
cos del Tinglao que la búsqueda del éxtasis, según
ellos la conciben, tiene su guasa, entre otras cosas
porque parece ser que semejante panacea, hoy, es sen-
cillísima de encontrar: a las puertas de las discotecas
los fines de semana. Con este chiste introducimos la
ficha técnico-artística del montaje, verdaderamente
único en su género; veamos: el vestuario escogido por
Elena Revuelta no desmerece un ápice a los Traperos
de Emaús (Lis semidesnuda con una extraña faja que
evidencia más que oculta sus abundantes carnes,
inmensa Tomi Ariza); Fando, enfundado en un traje de
chamarilero o afilador impagable; Namur, balanceán-
dose entre etéreos velos sabe dios escogidos en qué
hatillo de un ancestral ropavejero; Toso, altivo como
una modelo de Gaultier (hombre interpretado por una
mujer, Amalia Fernández), más Fernando el músico
(notable improvisador) y la Figura, que encarna y
maneja los delirios escenográficos de Elsa Clavel, unos
enormes espejos realizados con cartón forrado de papel
plata que no reflejan nada, justamente lo que Arrabal
parece esconder en el fondo de su dramático ritual
(resta la duda de si todo esto se debe a una decisión
premeditada o a lo rácano de la subvención de la
Comunidad de Madrid).
La rueda de prensa fue entretenida, Arrabal estu-
vo brillante y enigmático: "Yo soy un poquitín famo-
so y completamente desconocido", desgranó con voz
pausada a los popes de la crítica periodística madri-
leña y, a continuación, se enzarzó con la intérprete
de su heroína en una curiosa polémica sobre si la
discapacidad es un hándicap o viceversa, pues se me
olvidaba decir que entre los miembros de la compa-
ñía una era paralítica (Lis) y otra semiparalítica
(Namur). Llegado el momento de los referentes y
antepasados que sustentan su sensibilidad, no fue
parco ni remiso, comenzó con Sófocles, se afirmó
bien entre Schopenhauer y Artaud y finalizó con un
salto en el vacío similar a lo que entendemos por
huir hacia delante: decidió que su teatro participa-
ba de algunos postulados euclidianos (el lector me dis-
pensará y será tan generoso como para armar el puzzle
por su cuenta).
Creo que es todo, compañeros, únicamente rese-
ñar que, en 1992, Eduardo Haro Tecglen escribió en
un fascículo de Los Mil Protagonistas del Siglo XX (El
País), lo que sigue: "Es el autor español actual m*s
representado en el mundo. [...] En España no ha gus-
tado nunca". Suerte a los esforzados autores del Tinglao
en su 10º aniversario y nuestros parabienes a Lagrada,
que los acoge a sabiendas de lo que se juegan.
Fernando Arrabal, o la morbidez
Mutis
N
uestro amigo y compañero el pintor José
Vento Ruiz falleció el pasado 16 de Marzo
de 2005. Seremos muchos los que lo echa-
remos en falta. Su calidad humana, su rica
y culta conversación, su franqueza, su
libertad... Algunos lo consideraban un ácrata, él era
un libertario, aunque se reía de si mismo y decía que
era un anarquista de salón...
José Vento nació en Valencia en 1925, durante el año
1933 sufrió una pleurinitis tifoidea que lo mantuvo
postrado en cama durante un año. Aprendió a dibujar
en la soledad del alejamiento de la escuela infantil y
descubrió la pintura, su camino. Durante la guerra civil
de 1936 sus estudios de enseñanza secundaria se inte-
rrumpen y llega a ver a un hermano suyo marchar al
frente con las milicias anarquistas. La familia Vento se
traslada al interior de Valencia donde José realiza todo
tipo de trabajos agrícolas y de pastoreo entre los 11 y
lo 15 años. Es durante la guerra y gracias a su vecino
farmaceutico que José Vento comienza las lecturas que
lo iniciarán en lo que ya sería siempre: un hombre libre.
Al iniciar sus estudios de Bellas Artes en Valencia cono-
ce a Rafael Pérez Contel, pintor y escultor comunista
que durante la guerra realizó y coordinó muchos talle-
res de cartelismo y propaganda gráfica republicana. El
silenciado Contel de los oscuros años de la posguerra
será una gran influencia para José pese a sus diferen-
cias ideológicas y un gran amigo hasta el final.
José Vento realizó entre 1949 y 2005 numerosas
exposiciones individuales y colectivas en algunas de
las más importantes galerías del mundo. Recibió pre-
mios, becas, fue muralista, grabador,... Pero sobre todo
fue pintor.
Ejerció durante muchos años la enseñanza de artes
plásticas para niños y así fue como lo conocí. Fue la
primera persona que me habló como a un adulto cuan-
do apenas contaba 6 o 7 años. Muchos años después,
durante la década de los ochenta, dirigió un taller de
pintura en su estudio del barrio de la Concepción de
Madrid donde algunos pocos afortunados tuvimos la
suerte de aterrizar. José Vento nos enseñó el oficio de
pintor y algunas cosas que ya no se aprenden en las
escuelas de Bellas Artes. Fue un paciente catalizador
de ideas, reflexiones y actitudes vitales para todos noso-
tros, un maestro. Su inequívoco sentido libertario de
la vida y la pintura, su humanismo, su amistad, nos
marcarían para siempre.
José Vento continuó pintando hasta el final. Vivió
como quiso porque así lo quería. Disfrutó su madurez
plástica sin el barullo de los alumnos a su alrededor.
De la casa al taller. Del taller a casa. Pintando, siem-
pre pintando. Era un corredor de fondo como el decía.
Tambien decía que el tiempo pinta refiriéndose a algún
cuadro o a una piedra del camino.
Maestro: Supongo que ya habrás comprendido el
significado de las ítacas.
El tiempo pinta
Adiós a nuestro amigo el pintor
libertario José Vento Ruiz
José Vento.
Fando y Lis
De Fernando Arrabal
Compañía de teatro y Danza "El Tinglao"
Dirección: David Ojeda
Intérpretes: Tomi Ariza, Domingo Ortega, Yolanda
Blasco, Gema García, Amalia Fernández, Jesús
Barranco, Carlos Ramos
Iluminación: Covadonga Mejía
Vestuario: Elena Revuelta
Música original: Carlos Ramos
Diseño escénico: David Ojeda, Elsa Clavel
Sala Lagrada: c/ Ercilla 20. Madrid