medios anarquistas escritos, singularmente con
la revista barcelonesa Natura y con el semanario
madrileño El Rebelde en el que escribía el escri-
tor gallego Julio Camba, antiguo redactor del
diario Tierra y Libertad; en segundo lugar, la
edición de varios almanaques y, finalmente, la
creación de una biblioteca cuyo catálogo incluía
obras de los más renombrados publicistas ácra-
tas de la época. Estamos, pues, ante un "grupo
editorial" que logró mantenerse en pie duran-
te siete años, que viene a ser una muestra del
mejor publicismo anarquista de entresiglos. Es
de justicia señalar que la aventura editorial de
Soledad Gustavo y Federico Urales en Madrid
no estuvo exenta de problemas y dificultades
desde el primer momento. No tenían fortuna,
carecían de padrinazgo político, su redacción
estaba formada en los primeros momentos tan
sólo por nuestra pareja de libertarios con la
ayuda de la hermana viuda de Soledad, llama-
da Elisa, aunque después se incorporarán
Fermín Salvochea, Antonio Apolo y Julio
Camba. Además, Urales era un paracaidista
caído en el Madrid de la Restauración, quiero
decir con esto que carecía de contactos y amis-
tades a las que recurrir y, sin embargo, triun-
fó en el terreno de la edición de publicaciones
periódicas y de libros cuando otros más pre-
parados y más artistas fracasaron a la hora de
poner en circulación sus respectivos productos
editoriales, pensemos en la revista Germinal, en
Revista Nueva (animada por un
colaborador de La Revista
Blanca, Luis Ruiz Contreras),
La Vida Literaria o Vida Nueva
(en la que colaboró, y mucho,
uno de los detenidos en la
redada tras la explosión de la
bomba contra la procesión del
Corpus, Pedro Corominas).
Se ha dicho en ocasiones, creo
recordar que fue Federica
Montseny, que en La Revista
Blanca escribieron varios per-
sonajes pertenecientes a la
llamada "Generación del 98";
la especie se ha repetido
durante años y años sin que
los que afirmaban tal se pre-
ocuparan de comprobar la
aseveración de Federica. De
ese grupo de escritores, si
admitimos la denominación
de marras, encontramos tan
sólo las firmas de Jacinto
Benavente y Pío Baroja.
Nada de Ramiro de Maeztu,
nada de José Martínez
Ruiz, Azorín, nada de
Antonio Machado ni de
Ramón del Valle-Inclán.
Entonces, ¿qué rayos es La
Revista Blanca? Pues es,
sin duda, una revista del
98 en la que escriben los
principales espadas del
anarquismo español y
europeo (Anselmo
Lorenzo, Fer-mín
Salvochea, Juan Grave,
Reclús, Kropotkin,
Carlos Malato...) y, ade-
más, Miguel de
Unamuno, abierta a
las corrientes más
radicales de la inter-
pretación del arte, la sociología,
la estética, la literatura y la ciencia, que bebe
fundamentalmente en la cultura francesa y
se sitúa al margen de las preocupaciones de
las clases medias para buscar su "nicho de
mercado" en el movimiento anarquista de
entre siglos y en los prados del republica-
nismo progresista y federal. En el terreno del
arte, cabe destacar la firme oposición de la
totalidad de los colaboradores de La Revista
Blanca, españoles y europeos, hacia el
movimiento artístico llamado "decaden-
tismo", hacia los partidarios del "arte por
el arte", es decir, hacia aquellos artistas
que buscaban tan sólo la belleza en su
obra sin contaminación alguna de "socio-
logía", de "realismo", de "idealismo". Los
partidarios del "arte por el arte", en algu-
na ocasión llamados "modernistas" o con-
fundidos con ellos, eran, en opinión de
Unamuno, "la manifestación más antiso-
cial" que se podía encontrar en los pra-
dos artísticos del finales del siglo XIX y
comienzos del XX, y solían mostrar su
desprecio hacia las fórmulas naturalistas
o realistas; su objetivo, su manera de
hacer arte, tenía como azimut el arte
mismo y la Belleza y se consideraban
"sacerdotes" de un rito cuyos códigos no
estaban al alcance del resto de los seres
humanos. Uno de aquellos artistas deca-
dentistas más significados, tanto por las
opiniones que solían verter en las ter-
tulias madrileñas como en sus escritos
o en los debates que tenían lugar en el Ateneo
de Madrid, era un joven gallego llamado Ramón
del Valle-Inclán, "el campeón del decadentis-
mo en España", en opinión de Federico Urales.
Es lógico que así fuera. Valle-Inclán estaba en
aquel entonces inmerso en la búsqueda de una
estética propia cuyas raíces han de buscarse
en el modernismo latinoamericano, mexicano
fundamentalmente, que chocaba frontalmente
con las premisas del maestro Zola y el natura-
lismo hispano, y consideraba que el pueblo, las
gentes, no estaban lo suficientemente prepa-
radas para apreciar el Arte con mayúsculas.
"Nunca quise ser de esa escuela", la realista,
escribió Valle-Inclán en una carta remitida a
Leopoldo Alas, Clarín, y, desde luego, hizo
honor a esta afirmación que le granjeó las iras
de los artistas, escritores y publicistas anar-
quistas del periodo 1898-1905, que veían en el
Arte un medio, un medio ideal, para plasmar
no sólo las miserias y la explotación a la que
estaba sometido el común de los mortales, sino
también los medios y maneras para mejorar
económica y moralmente la situación de domi-
nación a la que estaban sometidos.
Quien se acerque a las páginas de La Revista
Blanca tendrá también la oportunidad de con-
templar un friso de las manifestaciones artís-
ticas del Madrid de finales del XIX y comienzos
del XX, analizadas desde un punto de vista
antiautoritario, en especial las representacio-
nes teatrales de aquellos años, no en vano
Federico Urales quería convertirse en autor
teatral y ver sus obras representadas en los
teatros madrileños, anhelo que no se vio coro-
nado con el éxito, toda vez que su estética,
deudora del romanticismo tardío, no acabó de
encajar en unos años en que la renovación
teatral española tenía puesto sus ojos en las
corrientes artísticas que soplaban desde el
Norte de Europa impulsadas por Ibsen o
Sudermann, por citar algún autor entonces
en boga incluso en los medios anarquistas,
especialmente los catalanes, aunque la fama
de anarquista que precedía a Urales por salon-
cillos y contadurías tampoco es que contri-
buyera a un mejor recibimiento, como ocurrió
con dos de las grandes figuras del teatro de
aquellos años, María Guerrero y Fernando Díaz
de Mendoza, quienes le animaron a entregar-
les alguna de sus obras e, incluso, llegaron a
anunciar una de ellas, titulada Amémonos.
Quien se acerque a las páginas de La Revista
Blanca tendrá también la oportunidad de
contemplar un friso de las manifestaciones
artísticas del Madrid de finales del XIX y
comienzos del XX, analizadas desde un punto de
vista antiautoritario
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n°309 febrero 2005
Cultura
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Estamos, pues, ante un "grupo editorial" que
logró mantenerse en pie durante siete años, que
viene a ser una muestra del mejor publicismo
anarquista de entresiglos
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