Ignacio de Llorens
M
ientras han existido, han
recibido el beneplácito del
progresismo comunista inter-
nacional o cuando menos se
les ha otorgado en beneficio
del silencio crítico. Y ahora la tiranía cubana
se ha convertido en la joya de la corona
izquierdista.
Al mismo tiempo que se criticaba al tota-
litarismo de derechas, se luchaba por instau-
rar regímenes totalitarios de izquierda. El
modelo económico y la construcción propa-
gandística de los discursos de ambos sistemas
divergían, pero la esencia tiránica de ambos les
aunaba haciéndoles coincidir en un mismo
proyecto de dominación total de la sociedad
por parte de un aparato de Estado de corte
absolutista que superaba con creces el sojuz-
gamiento del pueblo, de los ciudadanos, pro-
pio de las monarquías del despotismo ilustrado
de corte Ancien Regim. Una tecnología sinies-
tra de represión les hermana.
Trotsky creó los campos de concentración en
1918, y los bautizó como tales, siguiendo la
estela y los precedentes que ya había estable-
cido en Cuba el general mallorquín Valeriano
Weyler durante la dominación hispánica. A los
campos trotskistas fueron a parar todos los disi-
dentes del nuevo poder, de forma que cuando
muere Lenin en 1924 se cuentan por decenas
de miles los ciudadanos rusos que pueblan tan
siniestra institución. Bujarín, antes de ser fusi-
lado por Stalin, ya hizo una demostración cíni-
ca del nuevo poder totalitario: "No es verdad
que en Rusia haya sólo un partido. Lo que suce-
de es que hay un partido en el poder y los
demás están en la cárcel". La mayor parte de
la población penal eran religiosos, socialistas
revolucionarios, mencheviques y anarquistas, y
luego ya el común de los ciudadanos. Por el
camino ya se habían quedado centenares de
miles fusilados. Stalin llevará al delirio la repre-
sión y el aniquilamiento, y los comunistas inter-
nacionales empezarán a titubear en su apoyo
incondicional con ocasión de los juicios de los
años treinta a la propia cúpula del Partido.
Mientras tanto todo parecía bien. Los trotskis-
tas no criticaron los campos mientras su líder
estaba al frente del aparato represor que él
mismo había creado, y los buenos comunistas
occidentales se agarraron a la desestalinización
cuando Krushev condenó a Stalin desde el
Kremlin. Condenando a Stalin se salvaba a
Lenin y, por lo tanto, se podía seguir siendo
leninista e ir por el planeta leninizando pue-
blos. De modo que cuando llegó Hitler al poder,
en la Unión Soviética ya habían pasado por los
campos varios millones de "contrarrevolucio-
narios", gusanos en la versión cubana.
Una triste sorpresa fue la que se llevó David
Rousset, superviviente de los campos nazis,
cuando propuso crear una organización de
repulsa de los campos de concentración,
dependiesen del gobierno que fuese, y de
apoyo a quienes estaban en ellos. Compañeros
suyos de calvario en los desaparecidos campos
nazis se negaron a participar en su iniciati-
va, eran comunistas y por ello habían sido
detenidos y torturados por los nazis, pero no
estaban dispuestos a condenar a quienes sufrí-
an una suerte parecida en el Gulag.
Quedaba claro que los campos, la
tortura, la aniquilación era con-
denable cuando lo hacían los fas-
cistas, pero si lo hacían los
comunistas era aceptable. La doble moral, el
cinismo político, la burla de los valores mora-
les y de su generalización al conjunto de los
seres humanos más allá de las razas o cultu-
ras, y la defensa de la política de represión
siniestra cuando el represor era comunista,
era lo que quedaba entronizado como estra-
tegia de lucha. El fin supremo de la libera-
ción de los pueblos era la justificación de
cualquier formulación comunista. Ciertamente
es verdad que no hay pueblo más liberado de
los males de este mundo que el pueblo muer-
to. Peor para el pueblo si no lo entien-
de. Finalmente el pueblo no es el sujeto
y autor de su vida, no es protago-
nista de sus acciones, sino vasallo
de sus liberadores que saben lo que
le conviene. Si el pueblo no coincide
con sus élites revolucionarias y, espe-
cialmente, con el caudillo de turno, peor
para el pueblo, pues objetivamente
se convierte en contrarrevolu-
cionario, pierde su condi-
ción humana y es
merecedor de ser aniqui-
lado. Pol Pot, estudian-
te egregio de marxismo
en la Sorbonne, lo aplicó sin titubeos y con
diligencia extrema. Fidel sigue en ello, y toda-
vía hoy, con cuarenta y cinco años de dicta-
dura y más de 80.000 víctimas de su represión,
nos condena a tener que discutir sobre sus
medidas y sus acciones.
Se trata del mismo Fidel que a los pocos
meses de su victoria había afirmado que "el
comunismo mata al hombre destruyendo su
libertad", para añadir que "cuando se persi-
gue a un solo hombre por sus ideas políticas,
nadie puede sentirse seguro". Poco después
llegaron los soviéticos y le ofrecieron el petró-
leo y todo cuanto necesitase para mantener-
se en el poder, y vio la ocasión de crear la
versión de izquierdas de la endémica tradición
latinoamericana de caudillismo criminal. Inició
las purgas de los comandantes revolucionarios
no comunistas, creó los campos de "reeduca-
ción" para todos los ciudadanos que no estu-
vieran de acuerdo con las medidas
gubernamentales, confiscó la capacidad de
decisión de cualquier otro que no fuese él, e
instauró la pena de muerte, con el benepláci-
to de Ernesto Guevara que, para ir abriendo
boca, firmó nada más llegar al poder y de un
plumazo un decreto por el cual se ejecutaba a
cincuenta presos, gusanos, por supuesto. Se
opuso al imperialismo norteamericano entre-
gándose al imperio totalitario soviético, y
mandó tropas cubanas a los continentes
africano y asiático siguiendo las órdenes de
la metrópoli soviética.
La hermandad de Castro con el fascismo,
propia de su raíz común totalitaria, fue
quedando clara cuando decretó una sema-
na de luto nacional por la muerte de Franco,
y otra por la muerte de Perón, y ha segui-
do en ello oponiéndose al encierro en
Londres de Pinochet. Una defensa gremial
del oficio de dictador, no fuese a suceder que
en uno de sus viajes...
Paco Frutos, líder del PC español, dijo hace
poco que él no tendría ningún problema en
Cuba; él no, claro, el problema lo tiene el
pueblo cubano, que ha pasado de los campos
de Weyler a los de Castro. Finalmente el cama-
rada Frutos puede ir a Cuba y salir, lo cual no
pueden hacer los ciudadanos cubanos, con-
denados a residir bajo el yugo castrista, pues
la nación toda se ha convertido en un campo
de concentración, un lugar donde por defini-
ción no se puede salir y donde se vive en el
acatamiento constante de las órdenes de unos
dirigentes autoinvestidos como tales por obra
y "gracia" de la ideología marxista, que por
definición es la única capaz de liberar a los
pueblos... sin el consentimiento de éstos,
claro. El pueblo cubano tiene que seguir
sufriendo la humillación permanente de la
dictadura, la tortura y la muerte, la imposibi-
lidad para decidir por sí mismo, para defenderse
o quejarse, para leer o escribir lo que quiera,
para participar en cualquier iniciativa propia
no reglada ni pautada por el poder...
Al pueblo cubano se le viene negando la
solidaridad internacional de las mentes pro-
gresistas del mundo, pues como lo constató
Rousset, a estos les parece aceptable el sojuz-
gamiento permanente en que vive el pueblo
cubano, pues la culpa de ello no es de Fidel,
sino de los gobiernos USA.¡Ya le gustaría a
Fidel no tener que torturar ni ejecutar a nadie!
Pero si lo hace es por culpa del bloqueo yanki.
El leninismo ha hecho una aportación funda-
mental a la historia penal: el que es tortura-
do, ejecutado o encarcelado por un gobierno
comunista no es víctima, no merece apoyo ni
defensa, es siempre culpable, y en última ins-
tancia es objetivamente colaborador del impe-
rialismo yanqui. Como la víctima de la
Inquisición, tal vez no sepa que el diablo obra
a través de él y que sólo le cabe corroborar lo
que el torturador le va indicando y aceptar su
crimen y su castigo como forma de expiación.
¿Qué esperanza le cabe al pueblo cubano? Pues
esperar que los progresistas occidentales con-
sigan instaurar una dictadura del proletariado
en Estados Unidos. Mientras, a tomar mojitos
y a bailar, que son todos muy felices... por
decreto, y al que se empeñe en negarlo, pues
se arriesga a que se le saque la confesión de
felicidad bajo tortura.
Ignacio de Llorens (Barcelona 1957) ha
sido director de la revista Polémica y autor
del libro El último verano soviético.
Actualmente es miembro del Ateneu
Llibertari Estel Negre de Mallorca y colabora-
dor de la revista Archipiélago.
cnt
n°309 febrero 2005
Opinión
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Cuba, nuestra amada dictadura
"Ninguno de los males que pretende remediar el totalitarismo es peor que el propio totalitarismo"
Albert Camus
Al pueblo cubano se le viene negando la
solidaridad internacional de las mentes
progresistas del mundo; a estos les parece
aceptable el sojuzgamiento permanente en que
vive el pueblo cubano, pues la culpa de ello no es
de Fidel, sino de los gobiernos USA
Es descorazonador que después de más de tres mil años de tener datada la lucha contra
las tiranías todavía pueda concederse crédito a los regímenes dictatoriales. Quienes
consideraron que el comunismo era una opción preferible al liberalismo capitalista y
una aportación positiva a la convivencia, han tenido muchas ocasiones para rectificar
tras más de ochenta años de tiranías de izquierda, pero sólo han condenado o dejado
de reivindicar las dictaduras comunistas ya desaparecidas
JAM