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Nicola Lococo Cobo
I
ré negando de entrada, al objeto de
esquivar los previsibles reproches de
cuantos leen con la suficiente impa-
ciencia y sofoco como para no termi-
nar un párrafo, y sin embargo, sobrados
de tiempo para verbalizar los mismos, por no
contener en ellos otra sustancia crítica que
sus propios prejuicios, frustraciones y resen-
timientos, que aún cuando participo del sen-
tido práctico, en modo alguno me adscribo a
la doctrina utilitarista que en el siglo XVIII
diera amplia cobertura a la chocante parado-
ja de las consecuencias inintencionadas, magis-
tralmente expuesta en la célebre fábula de las
abejas: vicios privados, beneficios públicos
, a
manos de Mendeville, cuyo título lo dice todo,
y por consiguiente, las líneas presentes huyen
de cualquier interpretación torticera o retor-
cida hermenéutica que apercibe en las mis-
mas, sentido apologético alguno, del fenómeno
conocido vulgarmente como prostitución, y
por el contrario, afirmo que más bien habría
de apreciarse en ellas, la sana intención de
defender a las personas individuales que por
circunstancias de la vida se han visto forzadas
a ejercerla y denunciar el fariseo y cínico sopor-
te mediático y eco colectivo que aún reciben
proposiciones semejantes proferidas en públi-
co hacia ciudadanas libres, inteligentes y mayo-
res de edad, cuya índole y carácter insidioso,
discriminatorio, vejatorio, segregacionista y
violento, habría de bastarnos para extirparlas
de nuestra costumbre, pues aún contando con
que se diera el caso de estar frente a una pros-
tituta, su realidad sería motivo más de ayuda
y solidaria comprensión, que de desprecio jus-
ticiero o reprobación.
¡Miren la prostituta!
Se atrevían a vociferar por aquellos años de
Dios en los que todo pretexto era bueno para
cebarse con el indefenso, débil o marginado
que pudiera servir de chivo expiatorio de una
sociedad que entrada en crisis, rehuía enfren-
tarse a sus verdaderos problemas, todos aque-
llos que desde su cobardía para rebelarse ante
quien le oprimía, dirigía toda su rabia y frus-
tración, según fuera la ocasión contra aquellos
a quines percibía como inferiores y a su mer-
ced, fueran éstos herejes, negros, judíos, bru-
jas, homosexuales, rojos, o como en el caso
que nos ocupa, mujeres que ejercen la prosti-
tución, desgracia ésta que aún siendo de por
sí mucha, no era comparable con el sufrimiento
físico, psíquico, social y espiritual con el que
le atormentaba el dedo acusador que desde tri-
bunales, púlpitos y plazas, señalaba de por
vida como blanco gratuito hacia el que cual-
quiera pudiera dirigir su ira, provocando con
ello, sin pudor ni freno, ni control, la cólera
del populacho, que con energía y entusiasmo
se entregaba a su acoso, persecución, encar-
celamiento y muerte... Y cuando parecía que
a éste respeto había triunfado de una parte la
caridad cristiana, la tolerancia liberal y la ley
de la razón, resulta que programas de radio y
televisión recuperan para nuestra vergüenza,
lo peor de aquella despiadada actitud, que con
todo, aún le podríamos reconocer entonces, a
modo de justificación, una sana vocación puni-
tiva y correctora ejemplarizante, que no atis-
bo ni por lo más remoto en ninguna de las
formas actuales en que ha rebrotado, pues a
parte de fomentar el vicio, despertar el morbo,
exacerbar los ánimos, para gusto y deleite del
más insano de los entretenimientos, cual es,
provocar la burla y la mofa del gentío ante la
desgracia ajena, que en otros tiempos consis-
tíera en tomar el pelo al tonto del pueblo,
hacerle bromas pesadas al novato de turno, o
acudir con inusitado júbilo a las públicas eje-
cuciones de los condenados. No es necesario
pues, estar al corriente de la sociología, ni de
la antropología, para aseverar que la prostitu-
ción y su hipócrita espectáculo mediático son
signos inequívocos de la podredumbre colec-
tiva que padecemos, y que somos incapaces
de afrontar de un modo valiente y decidido. Por
ello, les propongo dirigir la mirada inquisido-
ra a aquellas otras prostitutas que pasan por
nobles señoras y dejemos de una vez en paz a
esas pobre mujeres, que por los motivos que
sean, han caído en la prostitución.
¡Miren la economía!
Puta donde las haya, ha convertido en mer-
cancía todo cuanto la naturaleza ha dado:
Tierra, caza, pesca, fruta, agua, oxígeno, bos-
que, madera... Todo en nuestra vida tiene un
precio o está tasado: el tiempo de trabajo, el
transporte, las vacaciones, el cuidado de niños,
ancianos y enfermos, los accidentes, las penas,
la salud... En el libre mercado bajo la ley de la
oferta y la demanda, todo se compra y se
vende, todo es susceptible de ser entregado al
mejor postor: ideas, fórmulas farmacéuticas,
información privilegiada, libertad personal,
sexo, posición, cargos públicos, títulos uni-
versitarios, órganos vitales, adopciones, la
Navidad, la Solidaridad. Nada ni nadie escapa
a su prostitución. Ni siquiera el dinero, que
está sometido a interés.
¡Miren la política!
Partidos e instituciones chulean la democracia
a la luz del día en cada una de las esquinas y
calles de nuestras ciudades. De su mano se ha
prostituido toda idea y voluntad de cambio o
reforma. Allí donde llega su corruptora pre-
sencia, nos trasmite la enfermedad venérea
que todo lo contagia a través de sus subven-
ciones, asociaciones, sindicatos, fundaciones,
revistas, publicaciones y un larguísimo etcé-
tera. Esta celosa Madame prostituye desde con-
cejos hasta parlamentos, desde sencillos
electores hasta presidentes y ministros, pasan-
do por ayuntamientos, diputaciones, alcaldes,
y cuantos altos cargos puedan nombrar. En la
variedad radica la libertad que nos vende y a
cambio de ofrecernos sus placeres nos sablea
con impuestos directos e indirectos que se
cuida muy mucho de cobrar ella misma, para
evitarnos saber lo que en realidad nos cuesta.
¡Miren la religión!
Hacen bien en rezar noche y día quienes man-
tienen y consienten una Institución que per-
sigue sin piedad ni caridad a las hijas
predilectas del Señor, por olvidar que sólo ellas,
las prostitutas creyeron en Jesús hasta el final
y le lloraron al pie de la cruz, cuando el resto
de los apóstoles le negaron, le abandonaron y
le traicionaron. Sólo una cosa le salva a esta
concubina de todo poder establecido, el haber
sido pese a todo, la mejor con mucho de cuan-
tas prostitutas sociales aquí presento, pues si
bien es cierto que desde capellanías, sacristí-
as, seminarios y conventos se ha azuzado a
los fieles contra ellas, provocando su hostiga-
miento y persecución, no lo es menos que tam-
bién las mismas han servicio a su vez de
socorrido secreto santuario durante siglos. Por
otra parte, Dios sabrá disculparles el haber
prostituido el mensaje evangélico y a la igle-
sia misma en cuanto institución, por haber
convertido el templo en un ceremonial mercado
donde los sacramentos se administran econó-
micamente que no ecuménicamente, hasta el
extremo de que sale mejor nacer, crecer, casar-
se, tener hijos y morir fuera de la Iglesia, que
dentro de ella.
¡Miren la justicia!
Esta ramera, que pasa por ciega, pero con el
sentido del tacto extremadamente desarrolla-
do, sabe distinguir en su balanza, el peso de
la bolsa de los contendientes, de modo que,
siempre acierta a inclinarse por quien mejor le
pagará sus favores, que no son pocos: ralenti-
zación procesal, aceleración de embargos, archi-
vo de la causa, extravío de pruebas procesales,
citaciones no enviadas, defectos de forma, pres-
cripciones del delito, otorgación de fianzas,
leves condenas, cambio de régimen, apelacio-
nes, contraapelaciones, revisión de condena,
concesión de indulto y total absolución. Para
contratar estos favores, el cliente ha de hablar
directamente con el abogado que le pondrá el
precio debido. En este sector, son los aboga-
dos los más baratos, mientras que jueces y fis-
cales, diríamos que son prostitución de lujo.
Entre ambos extremos estarían procuradores,
alguaciles, secretarios judiciales, policías, etc.
Lo mejor de acudir a sus locales es que uno
aprende latín, no en vano, estos alcahuetes
legales pasan largos años estudiando derecho
en la Universidad.
¡Miren los Medios!
Decía Aristóteles que en el medio está la vir-
tud. No se refería ciertamente al medio de
comunicación. De reflejar la realidad tal cual
es, ha pasado a manipularla, deformarla y últi-
mamente a inventarla sin ningún miramien-
to. Todo en su seno parece haberse prostituido
a cambio de mayor tirada, mayor audiencia, y
un índice más elevado de telespectadores.
Periódicos, radios y televisiones parecen fula-
nas dispuestas a todo con tal de atraer al clien-
te quien ante sus aparente bajo coste, accede
a sus encantos, para una vez atrapado, dormirle
con la publicidad y robarle la cartera. Su gre-
Cuba. Nuestra amada dictadura.
Cuba, Fidel y la izquierda............................................. 22
Opinión
cnt
n°309 febrero 2005
2
200
¡Miren la prostituta!
pasa a la página 21
GEORGE GROSZ.
Antes de las 5 en punto. Del libro El rostro de la clase dominante: 57 dibujos políticos. Malik Verlag, 1921.
Partidos e instituciones chulean la democracia a la
luz del día en cada una de las esquinas y calles de
nuestras ciudades. De su mano se ha prostituido
toda idea y voluntad de cambio o reforma

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