Así, aún en su parcial y deficiente aplicación, la economía
de mercado hasta el momento se ha visto incapaz de proporcionar bienestar y
confianza sostenida a la mayoría de gente, de aglutinar el grueso del cuerpo
social en torno a un modelo de vida y a una idea de futuro. Es por ello que en
rigor no se puede hablar de "nuestro" sistema económico sino de "el" sistema
económico, porque el común de la gente ni hemos elegido este sistema ni lo
podemos modificar a voluntad, y si participamos de él es, ante todo, porque
nos viene impuesto. Porque vivimos en un mercado global donde los poderosos,
ya sea produciendo, comprando o vendiendo, imponen sus condiciones a todos los
demás, incluso por encima de la dignidad y los derechos humanos; no hablemos
de la preservación del medio ambiente.
"Nuestro" sistema energético.
Por motivos similares y abundando en la justa delimitación
de competencias y responsabilidades, en rigor tampoco parece apropiado hablar
de "nuestro" sistema energético o, igualmente, referirse a los males que los
humanos "estamos" causando al medio ambiente y los ecosistemas del planeta. Es
esa perversa fórmula tan políticamente correcta y tan al uso por el poder de
extender su responsabilidad a todo bicho viviente, cuando resulta obvio que la
responsabilidad de cada cual frente a determinada realidad es equivalente a su
capacidad real de modificarla. De hecho, las consecuencias de determinado
proyecto o actividad sobre los bienes naturales, la economía y la vida de las
personas, particularmente de la población que depende más directamente del
ecosistema afectado, generalmente son perfectamente atribuibles a
instituciones y personas concretas. De la misma manera, aunque todos somos
consumidores de energía, para nada la consumimos todos por igual; ni mucho
menos somos todos igualmente responsables de cómo es y cómo funciona el
sistema y el mercado energético en que nos toca vivir. Resulta insoportable
ver que quienes acaparan los auténticos beneficios del actual sistema
energético siempre tratan de socializar sus perjuicios, haciendo responsable
de ellos al conjunto de la población. No nos dejemos engañar: la mayoría de la
gente somos escasamente responsables de que la política energética siga
firmemente basada en el petróleo, de que la agricultura industrial necesite
tres calorías equivalentes de petróleo para producir una caloría de alimento,
de vivir en casas que son sumideros de energía, de desplazarnos por doquier en
vehículos a motor, de la adopción de estrategias comerciales que fomentan el
consumo energético y la fabricación y utilización innecesaria de plásticos y
otros tóxicos contaminantes, etc.; ni siquiera del constante aumento del
consumo energético en nuestro país... En gran medida se trata de realidades
impuestas por la inercia tecnológica y los intereses industriales. Como
ciudadanos de países democráticos, somos soberanos a través de "nuestros"
representantes, pero el control de la opinión pública desde los poderes
económicos y políticos es tal que la verdadera revolución energética siendo ya
perfectamente posible, probablemente sólo vendrá con la crisis final de
escasez y al dictado de dichos poderes.
En realidad, la espiral irracional de producción y consumo
que alimenta el brutal despilfarro energético en el que estamos inmersos es
responsabilidad de un puñado de instituciones y élites dirigentes en el ámbito
mundial. Son los mismos que imponen o venden tecnología obsoleta o industrias
y productos contaminantes a los países pobres o "en vías de desarrollo"; esos
capaces de bloquear el primer gran consenso político-energético logrado en
Kioto, a pesar de su precario alcance; del mismo equipo que los que ahora en
España nos quieren vender una energía "verde"... Evidentemente, la estrategia
de extensión pública de responsabilidad va encaminada a que ésta se diluya e
ignore. Si todos somos responsables del sistema energético no hay nada que
criticar ni que cambiar: es un mundo "casi perfecto" (como rezaba un reciente
spot publicitario de Unión Fenosa). Se trata de una técnica usual de marketing
en claro paralelismo con la externalización real de costes tan común a
cualquier actividad industrial que explota un determinado recurso natural con
un impacto ambiental y/o social: en lugar de internalizar, de cuantificar y
asumir los costes económicos derivados de la adecuada corrección o
compensación de estos impactos, se externalizan, es decir, se deja que los
perjuicios y los costes correspondientes recaigan sobre el medioambiente y las
gentes afectadas. La internalización de costes ambientales de las actividades
productivas está aún poco desarrollada en el mundo, y mucho menos en nuestro
país dadas las lagunas legales, la poca sensibilidad ambiental de las
empresas, la permisividad y el común desinterés de las administraciones. Con
un proceso de evaluación de impacto ambiental que presenta graves
deficiencias, de escasa exigencia y exiguo cumplimiento de unas medidas
correctoras ya de por sí muchas veces insuficientes o inadecuadas, por ahora
parece ocioso pedir que se asigne un valor económico a una población, una
comunidad biológica, un paisaje, etc., para contemplarlo en el análisis de
viabilidad y rentabilidad de los proyectos.
La situación en España.
En 1978, la producción eléctrica española total fue de unos
100.000 GWh; de 150.000 en 1990, y de 224.944 en el año 2000, un 7,2% más que
en 1999. Sin embargo, el consumo final resulta ser bastante menor que la
producción, entorno al 44% en la década de los 90, aunque creciendo de forma
constante desde el 38% en 1991 hasta el 57% en 2000. Las formas convencionales
de producir el grueso de esta energía conllevan un fuerte impacto ambiental,
especialmente la térmica, con utilización de carbón u otros combustibles
fósiles y emisión de gases de efecto invernadero y otros contaminantes; la
nuclear, con graves problemas de seguridad y de gestión de los residuos de
combustible; y la hidráulica, que conlleva la construcción de grandes presas y
otras infraestructuras, con desalojo y desplazamiento de población, así como
destrucción o grave alteración de los ecosistemas fluviales afectados.
Mucho se habla de la necesidad de implantar energías
renovables para enfrentar el cambio climático, pero la realidad es que a pesar
de su avance en España en los últimos años, las energías renovables no están
sustituyendo un solo kilovatio producido con emisión de CO2. Es más, en
nuestro país no sólo se están construyendo bastantes presas, muchos parques
eólicos y algunos solares, sino también grandes centrales térmicas. Y es que
hoy el consumo de energía eléctrica en España es más del doble que en 1975,
pero la política energética se orienta sobre todo a satisfacer una desbocada
demanda de energía que crece más entre un 6 y un 8% cada año. Desde luego, no
podemos esperar poder hacer frente a este crecimiento ilimitado sin pasar la
factura a nuestro medio ambiente; y aquí sí que "nuestro" medio ambiente es el
de toda la humanidad. Según datos de este año 2003, España es uno de los
países que más se está alejando de los compromisos de Kioto. La única forma de
reducir las emisiones y empezar a transformar el sistema energético es
gestionando la demanda, lo que pasa por propiciar una verdadera cultura de
ahorro energético. Lejos de ello, nuestro Gobierno sigue a lo suyo, que es
seguir incrementando la oferta y el consumo a toda costa, en total
coincidencia con las compañías eléctricas; de hecho, en 2001 eliminó de los
presupuestos una exigua partida de 30 millones de euros destinada al fomento
del ahorro energético.
Por otro lado, para romper esa falacia tan usualmente
difundida por las compañías de turno, hay que decir que es rotundamente falso
que el sistema eléctrico peninsular en España sufra una carencia de potencia
eléctrica y por tanto no sea capaz de satisfacer la demanda de electricidad.
En realidad, en España existe un importante excedente de potencia eléctrica
instalada, con un margen de seguridad aceptable incluso considerando la
importante contribución de la hidroeléctrica (sujeta a la disponibilidad de
agua embalsada). De hecho, en los últimos años la generación de electricidad
por medio de la cogeneración y las energías renovables ha ido ascendiendo,
absorbiendo una parte creciente de la demanda eléctrica. Para demostrarlo, no
hay más que acudir a los datos de Red Eléctrica de España (REE). Según su
"Informe 2000 de Operación del Sistema Eléctrico", a 31 de diciembre de 2000
la potencia eléctrica convencional (hidráulica, nuclear, carbón y fuel/gas)
instalada en el sistema peninsular sumaba 44.079 megavatios (MW). A ello,
según datos de la Comisión Nacional de la Energía (CNE), hay que sumar 8.695
MW de potencia en régimen especial (fundamentalmente, energías renovables y
cogeneración con gas natural). Es decir, un total de 52.774 MW de potencia en
todo tipo de centrales. Sin embargo, en un momento de máximo consumo
histórico, concretamente el 25 de enero de 2000, de 19h a 20h, la potencia que
fue necesario poner en marcha fue de 33.236 MW. Es decir, existe un excedente
de al menos 19.538 MW, cifra que supera con mucho los 7.799 MW instalados en
centrales nucleares. La cobertura de esta máxima demanda de potencia se
realizó de la siguiente manera: térmica 44%, hidráulica 22%, nuclear 22%,
régimen especial 11%, e intercambios internacionales 1%. Es decir, la
contribución de las energías en régimen especial (cogeneración y renovables)
fue del 11%. El mensaje de que "hay que instalar más potencia eléctrica" se
suele lanzar cuando se dan apagones u otros fallos en el servicio, con la
intención de mentalizar a la masa social y recabar su apoyo hacia nuevas
instalaciones cuando llegue el momento.
Energías limpias.
En este punto, y dada la creciente usurpación y perversión
de conceptos relativos a la energía u otros recursos tan propios del lenguaje
ecologista o ambiental como "verde", "limpio" y "renovable", es conveniente un
inciso aclaratorio: "verde" es un término totalmente impreciso que hoy sirve
para vestir y presentar cualquier cosa como "ecológica"; como "energía limpia"
se suele denominar a aquella que no produce emisiones contaminantes y de
efecto invernadero, pero también se utiliza para identificar la que se puede
obtener a costa de un impacto ambiental muy escaso o nulo; finalmente, como
"energía renovable" se conoce a aquella que utiliza recursos que se renuevan o
reemplazan cíclicamente como el agua, el viento o el sol, generalmente sin
consumirlos.
Desde AEMS-Ríos con Vida asumimos que la producción de
energía con fuentes renovables también puede tener alguna clase de impacto
ambiental significativo. En el caso de la eólica y la solar el impacto depende
ante todo del lugar de ubicación. Nuestro país padece la crónica ausencia de
una adecuada planificación y ordenación del territorio, además de una pobre
regulación legal sobre protección ambiental y muy precarias garantías de una
valoración adecuada de impactos. Con estas carencias y con las medidas de
apoyo a las renovables, la industria se ha lanzado a la instalación de parques
eólicos por doquier. Siempre en busca de la mayor y más rápida rentabilidad,
los aerogeneradores han colonizado valiosos hábitats de aves esteparias o
zonas de paso de migratorias, provocando daños a dichas especies. En cuanto a
la energía solar, a pesar de sus enormes posibilidades en nuestro país, la
Administración parece firmemente aliada con las compañías eléctricas para
mantenerla en subdesarrollo. Baste decir que países del norte de Europa, con
mucha menos potencialidad que España, han instalado muchísima más potencia
solar en su territorio. Sí, en nuestro país se construyen algunas grandes
plantas solares, a veces asociadas a una determinada actividad productiva o a
edificios de servicio público, y por supuesto goza de subvenciones a la
instalación y a la producción. Pero resulta que la solar sí que es una
competidora potencialmente peligrosa para las compañías eléctricas dada su
idoneidad para un autoabastecimiento particular y doméstico, y no interesa
para nada que los ciudadanos se independicen de la red eléctrica general. Cabe
recordar los casos de varias personas que en los últimos años han tratado de
ingresar a la red y vender a la compañía de turno su excedente de energía
solar, a lo que por ley tienen derecho. El intento se ha convertido en una
ardua carrera de obstáculos de incierto y desigual resultado. Una verdadera
política de fomento de la energía solar en nuestro país sería totalmente
viable y altamente positiva para el medio ambiente, pero no para las cuentas
de resultados de las compañías eléctricas. Está claro quiénes son los
verdaderos responsables de nuestro sistema energético.
Por otro lado, las centrales hidroléctricas instaladas en
ríos y otros ecosistemas acuáticos conllevan inherentes y graves efectos
ambientales, por lo cual nuestra organización se opone frontalmente a este
tipo de generación. La energía eléctrica no se puede almacenar, pero sí se
puede embalsar agua para turbinarla cuando se necesita o cuando exista demanda
de riego o eléctrica y por consiguiente, sobre el precio de venta, se procura
una rentabilidad mayor. Naturalmente, este proceder es difícilmente compatible
con el mantenimiento de un régimen de caudales que permita a los ríos vivir
aguas abajo de las presas. Los ríos son ecosistemas lineales y continuos,
compuestos por un cauce y unas riberas con comunidades vivas en íntima
relación, donde agua y calor, sólidos y nutrientes circulan aguas abajo,
mientras que la biomasa en forma de invertebrados, peces, etc. lo hace en
ambas direcciones, aguas abajo y arriba. Las presas de las centrales y
minicentrales eléctricas suponen una barrera que impide o dificulta el paso de
las especies migratorias, particularmente los peces, lo cual ha causado la
extinción de peces como el esturión europeo e importantes retrocesos de otros
como el salmón atlántico, la trucha común, la lamprea marina, el sábalo y la
saboga, la anguila, etc. Por otro lado, las instalaciones hidráulicas en
general provocan escasez de caudal entre el punto de toma y el de restitución
de las aguas al río, así como un régimen de caudales totalmente artificial,
bien en el río aguas abajo de la presa o bien aguas abajo de la descarga de
caudales. Todo ello suele reducir la calidad y la diversidad del hábitat, lo
que provoca la desaparición o retroceso de numerosas especies de vegetación,
invertebrados, peces y otros elementos del ecosistema, alterando su
composición y funcionamiento. El impacto es mayor cuanto más alta es una presa
y mayor es el caudal que regula. Con más de 1.200 grandes presas en nuestros
ríos, España ya es uno de los primeros países del mundo en número de presas
por número de habitantes, por lo que la potencia y el poder del sector
hidroeléctrico en España es enorme; y con las casi 100 nuevas grandes presas
del Plan Hidrológico Nacional (PHN) (que de lógico, racional y sostenible
tiene bien poco) nuestro país va a destacarse a la cabeza de este penoso
ranking. De hecho, resulta imposible entender el monumental despropósito del
PHN sin el concurso de los intereses eléctricos, sencillamente porque
carecería de cualquier explicación racional. No resulta extraño si recordamos
que el Secretario de Estado de Aguas nombrado en la primera legislatura del PP
fue el insigne Benigno Blanco, hombre fuerte en el Consejo de Iberdrola, que
ahora por cierto se encuentra imputado junto a otros altos cargos del
Ministerio de Medio Ambiente por varios delitos, incluido el de prevaricación,
por aprobar el proyecto de la presa de Santaliestra (Huesca, Cuenca del Ebro),
ignorando reveladores informes de riesgos geológicos asociados realizados por
el propio Ministerio. Esperemos que la Justicia ponga a cada cual en su sitio.
Respecto a la energía minihidráulica, al ser considerada
renovable y de bajo impacto (!) recibe subvenciones por la instalación, pero
también unos 7 céntimos de euro por kilovatio producido, cuando el kilovatio
normal se paga en torno a los 3 céntimos. Son oportunidades de negocio que los
promotores de minicentrales, hoy en muchos casos las mismas grandes compañías
eléctricas que explotan centrales térmicas, nucleares o grandes
hidroeléctricas, no se resignan a perder. Las minicentrales frecuentemente se
instalan en las zonas fluviales mejor conservadas, en las cabeceras y tramos
altos de los ríos, devaluando recursos naturales como la fauna, la flora y el
paisaje, y perjudicando un desarrollo rural armónico y sostenible. Podrían
ubicarse en canales de riego y salidas de depuradoras, donde el caudal está
asegurado y, por tanto, la inversión, pero los proyectos usualmente eligen la
situación y el diseño que proporcionan un aprovechamiento más rentable, a
menudo también los más dañinos para el río. También es frecuente que se
concatenen varias presas y centrales en un tramo fluvial relativamente corto,
lo cual multiplica e intensifica los impactos. Por otro lado, como en el caso
de la gran hidráulica no existen garantías legales suficientes que permitan
corregir el efecto barrera y la degradación del medio a causa de la regulación
de los caudales. Las pocas medidas de corrección y control de impactos que se
establecen se incumplen o no se aplican como es debido. Los promotores siempre
aseguran que sus nuevos proyectos son absolutamente compatibles con la
conservación del ecosistema, pero mientras maltratan y degradan impunemente
los ríos que ya explotan gracias a ventajosas concesiones y con inhibición o
connivencia de la autoridad hidráulica competente.
"Energía verde".
Por último, al hilo de lo anterior cabe comentar algo sobre
esa denominada "Energía Verde" que ha sacado al mercado la gran compañía "Ibertrola"
(sí, la de las gotas y las hojas en su "logo"), seguida de otras como Endesa.
Aún curados de cualquier tipo de espanto, la verdad es que hace falta tener
poca vergüenza. En primer lugar, la Red Eléctrica Española es única y
obviamente no hay forma de dirigir una producción de determinado tipo a los
domicilios de los contratantes. La Compañía asegura que contratando esta
"energía verde", que te cobran más cara, estás fomentando las fuentes
renovables y de este modo contribuyes contra el cambio climático. El asunto ha
movilizado a las organizaciones de consumidores y ecologistas, por lo cual la
Comisión Nacional de la Energía (CNE) ha abierto un expediente a las compañías
para verificar el "verdor" y las condiciones de venta de esa energía. Ante
ello, las compañías se han apresurado a certificar el producto según el RECS (Renevable
Energy Certificate System), que certifica que la energía vendida proviene de
fuentes renovables pero carece completamente de avales de calidad ambiental;
de hecho existen criterios de certificación ambiental bastante mejores, como
el de la EUGENE (European Green Electricity Network). Aún implicando un
compromiso bastante pobre, sólo pueden obtener el certificado RECS las
instalaciones que no se beneficien del sistema de primas para renovables, con
lo cual sólo quedarían las grandes centrales eléctricas. El hecho es que si
compramos la denominada Energía Verde que publicitan estas compañías, es
bastante probable que contribuyamos a la degradación de nuestros ríos. Lo de
ayudar contra el cambio climático... eso está todavía por ver.